jueves, 17 de agosto de 2017

Bastión Esperanza: Un pequeño adelanto.


Es oficial. Ya hay fecha definitiva. Los nuevos episodios de Bastión Esperanza comenzarán a ser publicados los días Jueves, tal y como hemos venido haciéndolo en los últimos meses con las blogoseries de la Guillermocracia, y esto, a partir del próximo Jueves 24 de Agosto de 2.017.

Como aperitivo para los lectores, primero el título de los tres capítulos que vienen. Que serán:
  • El siguiente ataque de los arzawe, programado para el Jueves 24 de Agosto de 2.017.
  • Batalla en Ciudad del Progreso, programado para el Jueves 31 de Agosto de 2.017.
  • Lluvia de fuego, programado para el Jueves 7 de Septiembre de 2.017.
Y luego, algunos fragmentos extraídos de los tres episodios que vienen a continuación:

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A veces la odio, la odio con toda mi alma. Porque ella tiene toda tu atención, Escalante, y yo… bueno, yo no – dijo Sandrine. – Pero después pienso… si ves algo… algo bueno en ella… ella no puede ser tan mala persona… creo… Y eso hace que siga sintiendo odio, pero… me odio a mí misma por no ser tan buena como ella, para que te fijes en mí como en ella.

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Lleven al Presidente al segundo búnker subterráneo. Dos de las naves vienen para acá, para Ciudad del Progreso, y esto podría ponerse peligroso.

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El Capitán Chu nos ha reportado a los oficiales, vía menterminal, que cuatro naves parecen haber sobrepasado la órbita, y se encuentran ahora en descenso hacia Ciudad del Progreso y Ciudad de la Fortaleza. Eso significa que quizás ahora sí que nos toque entrar en acción. Como Ganímedes no se puede mover por el estado de salud de Alba, abordaremos el Monogatari con los golem, y descenderemos al planeta. ¿Están listos para ir a por ellos?

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La otra de las naves que se dirigía a Ciudad de la Fortaleza encajó también un par de impactos bastante recios. De pronto su trayectoria varió, y lo que parecía un descenso controlado, ahora lucía más bien como una caída sin control.

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Todos en el Centro del Alto Mando contuvieron la respiración, aterrorizados. Nunca antes habían visto tantos decápodos al mismo tiempo.

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Una explosión detonó demasiado cerca del golem de Escalante, quien fue a dar contra la base de un edificio que, en paralelo, estaba viniéndose abajo. Medio atontado, Escalante trató de regresar a sus cinco sentidos, sólo para descubrir que estaba a punto de ser aplastado.

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¿Qué pasaría con el plan si es que Alba muriera? – preguntó Aura.

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Mientras tanto reiniciamos la publicación Bastión Esperanza, en paralelo seguimos trabajando en el evento ¡¡¡BLOGOSERIE A LA CARTA!!!, del cual esperamos dar algunas noticias durante el mes de Septiembre. De manera que seguid siendo bienvenidos acá a la Guillermocracia, la Patria de las Blogoseries.

martes, 15 de agosto de 2017

Jack Kirby: Rey y dios de los superhéroes (1 de 3).

Jack Kirby en su medio ambiente natural.
A pesar de que Jack Kirby es uno de los grandes maestros del cómic, y si me apuran, uno de los artistas gráficos más importantes de todo el siglo XX, nunca había sentido la tentación de escribir algo sobre él, hasta ahora. De hecho, creo que la única vez en que nos referimos con cierta extensión a Kirby acá en la Guillermocracia, es la serie de comentarios que hice acerca de él en la serie de posteos Marvel 75 Años, muy en particular en la primera entrega (Orígenes) y la segunda (Explosión). Después de todo, Jack Kirby es tan conocido e influyente en el mundo de los cómics, que escribir algo sobre él sería tan inconducente como hacerlo sobre, digamos, Leonardo da Vinci o Cristóbal Colón. Eso, hasta que en una conversación hace relativamente poco tiempo atrás, cierto petulante joven que ronda más o menos la veintena y que presume de frikismo, hizo un par de irrespetuosos comentarios en los que dejó claro que ni sabía quién era Jack Kirby, ni le interesaba saberlo tampoco. Momento en el cual yo, como comprenderán, me agarré la cabeza con las dos manos y me transformé en el Increíble Hulk respiré muy profundo para contenerme y no ir tras él al estilo Kraven el Cazador. Porque por lo visto, sí es necesario escribir sobre Jack Kirby, para que las nuevas generaciones aprendan un poco de RESPETO hacia los maestros. En particular, ahora que el próximo 28 de Agosto de 2.017 se cumple un centenar de años desde el nacimiento de El Rey. Que nació el 28 de Agosto de 1.917, por si no lo habían calculado. Sé que las Matemáticas no son el fuerte de algunas personas.

De manera que aquí en la Guillermocracia le dedicaremos un posteo épico al Rey, ¡tan épico que, de hecho, me veré obligado a publicarlo en tres partes, verdaderos creyentes! Iba inicialmente a ser un simple posteo de conmemoración, en donde iba a comentar lo más relevante y granado del personaje. Marvel y el Cuarto Mundo, vamos. Luego empecé a encontrarme con que ciertas cosas no las podía dejar afuera, aunque fueran un tanto anecdóticas. ¿Sabían ustedes por ejemplo que Jack Kirby trabajó en los cortometrajes de Popeye el Marino, para los Estudios Fleischer? Y luego surgieron las anécdotas sabrosas, que suelen ser el material despreciado por los historiadores de tomo y lomo, siempre tan serios y solemnes ellos, pero que tan bien funcionan para hacernos más llevadera la Historia. Y se extendió a un posteo en dos partes. Y luego a tres. Y créanme... aún así dejé algunas cosas de Jack Kirby fuera de esta serie de posteos, porque no había espacio suficiente. Así de inconmensurable es la labor de Jack Kirby. De manera que si conocían al personaje, prepárense a que se les llene los lacrimales con nostalgia, y si no sabían lo suficiente de él, ahora se enterarán, y quedarán más que curtidos con él. Que se lo merece. Y sin más preámbulos...

Primero lo primero. El nombre de nuestro personaje en realidad es Jacob Kurtzberg. Y no es que mucha gente lo conozca por ese apelativo. Yo mismo, debo confesar, tuve que consultar mi antigua serie Marvel 75 años para acordarme de cómo se llamaba el ínclito en realidad. El apellido algo debería decir: era hijo de inmigrantes europeos, en concreto, de judíos nativos del Imperio Austrohúngaro. Todos nos acordamos de dicho imperio por las películas de Sissi, por los valses, etcétera, y nos olvidamos de que quienes vivían en ese mundo lindo de Disney eran los nenes y aristócratas de las clases altas, no los pobres proletarios para quienes no había posibilidad de ascenso en la escala social. La civilización es riqueza, es cierto, pero la misma se construye sobre la pobreza de otros que son menos afortunados que uno, eso a la gente tiende a olvidársele. El caso es que la familia Kurtzberg emigró a Estados Unidos, y en Manhattan, Nueva York, nació el joven Jacob, el 28 de Agosto de 1.917. Ese mismo año, unos meses antes, Estados Unidos había declarado la guerra a los Imperios Centrales, incluyendo al Imperio Austrohúngaro por supuesto, y había ingresado así a la Primera Guerra Mundial.

Siendo un adolescente, en la década de 1.930, el joven Kurtzberg se inclinaba hacia el dibujo, y recibía las influencias de Milton Caniff, creador de Terry y los piratas, y de Hal Foster, creador de El Príncipe Valiente. Pero en 1.937, con Kurtzberg cumpliendo veinte años, vino una revolución: Alex Raymond comenzó a publicar Flash Gordon. Es difícil ver hoy en día lo revolucionario que tuvo Raymond en su tiempo, por la razón de siempre: los imitadores han terminado enterrando al original. Pero leyendo cómics de la época y haciendo las siempre odiosas comparaciones, la influencia de Raymond es obvia. Raymond partió dibujando a Flash Gordon un poco en el estilo estático, con personajes casi como actores teatrales declamando, que era la norma en su tiempo, pero luego su dibujo fue evolucionando: experimentó con las variaciones de los encuadres y las poses de sus personajes, y creó algo absolutamente nuevo, un dinamismo en sus personajes que los convertía, por primera vez en la Historia del Cómic, en verdaderos héroes de acción.

Jack Kirby sentado a la izquierda y Joe Simon a la derecha: Una dupleta que hizo oro durante década y media.
El joven Kurtzberg absorbió el legado de Raymond como una esponja, y se impregnó de él. Sin embargo, nuestro personaje no es un imitador de Raymond, sino que tomó sus ideas matrices y las filtró a través de su propio talento único. Con el tiempo, quién sería conocido como el Rey Kirby desarrolló un estilo para dibujar los personajes muy característico: de formas y proporciones realistas para ser reconocibles, pero en poses exageradas para crear un efecto dinámico que favoreciera la acción. Por supuesto, esto explica un pequeño defectillo en el estilo de Kirby, que por general tiende a pasarse por alto: su renuencia a crear retratos con rasgos individualizados, por lo que sus personajes tienden a distinguirse entre sí más por el vestuario y los accesorios que por las facciones de sus rostros. Ni qué decir, este detalle pasó y sigue pasando soplado en un género tan dado a la vestimenta estrafalaria, como el de los superhéroes.

Estados Unidos podrá muy ser el crisol de razas y lo que se quiera, pero en la época existía una jerarquía racial bien marcada. Los WASP (White Anglo Saxon Protestant, o sea, anglosajones blancos y protestantes) estaban en la cumbre, luego los emigrantes de la Europa germánica, los de otras regiones europeas, y en la base, los latinos, negros e indios. Los judíos estaban por ahí, en alguna parte. Por lo tanto, muchos escritores y creadores de la época que eran de procedencia judía, adoptaban seudónimos de olieran a rancio abolengo anglosajón, para disimular de cara a los lectores. En la segunda mitad de la década de 1.930, cuando un Kurtzberg en la veintena ya estaba trabajando en los cómics de manera profesional, empezó a adoptar seudónimos. Osciló entre Curt David, Fred Sande, Jack Curtiss y Lance Kirby, antes de decidirse en definitiva por Jack Kirby porque, según él, sonaba parecido al entonces muy popular actor James Cagney. En años sucesivos le preguntaron lo que ya mencionábamos, si con el seudónimo buscaba esconder sus raíces judías, y Kirby se lo tomaba... no muy bien, digámoslo así. El hombre era un poquito temperamental, como tendremos ocasión de ver.

Con veintidós primaveras, en el año milagroso de 1.939, y al mismo tiempo que en Europa estallaba la Segunda Guerra Mundial, Jack Kirby entró a trabajar en los Estudios Fleischer. Hoy en día, los mismos están más o menos olvidados, eclipsados por la Disney y la Warner que siguen todavía en activo, pero en su día, los Estudios Fleischer eran tan de avanzada en materia de animación como la Disney, y en algunos respectos, puede que incluso más. La obra más famosa de los Estudios Fleischer es la clásica serie de animación Superman de 1.941, que a pesar de sus argumentos ridículamente simplones para los estándares actuales, en términos de animación sigue siendo una joya que puede competir mano a mano contra cualquier producción actual. Para la Fleischer, Kirby trabajó en Popeye el Marino. Sin embargo, el joven Kirby era apenas otro suche más, trabajando no en el diseño de personajes o escenas sino en la ingrata labor de los cuadros de relleno entre los dibujos hechos por los diseñadores mismos. Esto pronto lo aburrió, de manera que se radicó dentro del mundo del cómic, ahora de manera definitiva. El mundo y todos nosotros salimos ganando con esto, claro está.

Durante algunos años trabajó aquí y allá, en ningún proyecto realmente personal, pero de todos modos, este período le sirvió como entrenamiento y rodaje que lo dejó preparado para cosas mucho mayores. Bajo seudónimos, publicó obras de Ciencia Ficción, Western, humor, etcétera. Y una adaptación de El Conde de Montecristo, figúrense. En este período, su gran empleador fue una firma editorial llamada Eisner & Iger. Sí, en efecto: en sus inicios, Jack Kirby trabajó para el mítico Will Eisner, el creador de The Spirit. Por cierto, no se crean que por ser el jefe, Eisner era mucho más viejo que Kirby. Lo era, sí, pero por algunos meses apenas: había nacido en Marzo de 1.917, mientras que Kirby, ya lo mencionábamos, lo había hecho en Agosto del mismo año. Sí, éste es también el año del centenario de Will Eisner, mencionémosle también para no incurrir en una injusticia. Y ya que estamos en materia, mencionemos también una anécdota en la cual, en una ocasión, un gángster amenazó a Will Eisner en presencia de Kirby, ante lo cual, Kirby derechamente cargó contra el tipo. Un gángster, lo repito. Como puede apreciarse, Kirby no era la clase de tipo con el cual quisieras meterte, y definitivamente no era un nerd estilo Woody Allen, eso por seguro.

El legendario primer número del cómic del Capitán América, el primer gran éxito de Jack Kirby, en conjunto con Joe Simon.
En 1.938, el mundo del cómic fue tomado al asalto por un nuevo personaje más allá de todo lo imaginado: Superman. La insana popularidad del personaje superpoderoso llevó a que varias editoriales dedicadas a las publicaciones de novelas baratas o pulps, así como editoras de cómics, quisieran sus propios superhéroes. Un exitoso empresario editorial llamado Martin Goodman decidió lanzarse al rubro, y fundó Timely Comics como parte de su imperio de publicaciones, en 1.939. De inmediato, Timely Comics encontró el éxito con dos singulares personajes: Namor y la Antorcha Humana. El primer editor de Timely Comics fue un personaje llamado Joe Simon, y bajo su mandato, a la editorial arribó Kirby. En colaboración con Simon, Kirby dio su primer gran golpe, creando a un personaje para la posteridad: el Capitán América. Todos conocemos su historia. Se trata de un alfeñique de muy buen corazón, que recibe el suero del supersoldado y se convierte en una masa de músculos al servicio de Estados Unidos en lucha contra el mal. Hoy en día, el Capitán América es uno de los personajes insignias del Universo Marvel, y en 2.017 se ha estrenado la friolera de seis películas basadas en él, sin contar la serie dominical de 1.944, y algunas de esas adaptaciones incluso son buenas.

En esos tiempos, el mal era el Tercer Reich, algo obvio considerando las raíces judías de muchos involucrados, y por lo tanto, el odio visceral de éstos contra el antisemitismo de los nazis. La portada del número 1 de la revista Captain America estaba destinada a hacerse famosa: en ella, el Capitán América le asesta sin más un puñetazo en la mandíbula a Adolf Hitler en persona. Porque sí, porque eso es lo que los héroes patrióticos hacen. Esto fue a comienzos de 1.941, cuando los Estados Unidos mismos todavía no estaban en guerra con el Eje, y de hecho la opinión pública del país era más bien tibia hacia el asunto; el Presidente Roosevelt estaba inclinado a entrar en guerra contra Alemania y Japón, pero no todos los ciudadanos estaban de acuerdo, y varios de ellos de hecho eran simpatizantes nazis que hubieran preferido a Estados Unidos alineado con Alemania en el conflicto mundial. Reza una anécdota que algunos de estos simpatizantes reaccionaron airados cuando empezó la publicación de Captain America, y se presentaron en la oficina de Timely Comics para amenazar a Joe Simon. Al minuto corrió la noticia de que Kirby se dirigía a la oficina del editor con las mangas de la camisa enrolladas para enseñarles un poco de métodos capitanamericanescos a los visitantes indeseables, ante lo cual, éstos optaron por una retirada estratégica. Lo ya dicho: tú no quieres bromear con Kirby. Seguro que no.

Con el tiempo, el Capitán América se transformó en el santo patrono de una subdivisión completa de superhéroes, los llamados héroes patrióticos, que con nombres alusivos a la patria respectiva, luchan por la misma. En los inicios, el Capitán América luchaba por Estados Unidos sin más. Sin embargo, con el paso de los años, el Capitán América iba a ser reinterpretado de una manera que se aleja de sus epígonos: él no sirve directamente al Gobierno de Estados Unidos, sino que "no es leal a nada, salvo al Sueño Americano", lo que por supuesto lo pone en conflicto con la institucionalidad, como ocurrió con la Saga del Imperio Secreto en 1.974. Pero eso es el futuro; en 1.940, año del lanzamiento del Capitán América, con que apaleara nazis era suficiente para Simon y Kirby. Curiosamente, se ha observado, aunque luchaba contra los nazis, el Capitán América en sí representa un ideal nazi casi perfecto: el ser que es al mismo tiempo el BIEN con mayúsculas y además biológicamente superior, que castiga a los malvados que son la chusma común y corriente. La gente de Estados Unidos no se distinguen por su capacidad para la autocrítica, y los lectores de cómics en dicho país no son una excepción. Y si uno se pone a recordar la anécdota de los visitantes nazis en las oficinas de Timely Comics, y la respuesta contundente tipo el Gordo de Erase una vez el hombre que les plantó Kirby...

Resulta interesante observar, ya que estamos en el tema político, que Jack Kirby fue siempre un liberal convencido. Lo que no debería ser una sorpresa. Kirby procedía, recordémoslo una vez más, del mundo de los inmigrantes judíos de Nueva York, subcultura que en la época era un enorme vivero de progresistas. Es una cuestión de supervivencia: si eras un inmigrante en Nueva York, eras pobre, y si eras judío, estabas además expuesto al antisemitismo, rampante antes de que la revelación de los horrores en los campos de concentración hicieran esto impresentable. No es casualidad que gentes de ese medio y de esos años, como Isaac Asimov, Woody Allen o Stan Lee, por mencionar tres casos icónicos en varias industrias distintas, todos ellos se caractericen por mezclar una visión no siempre idealista de la vida, pero sí muy cargada de humanismo. Kirby en eso no era diferente. Sin embargo, observando su obra, resulta patente en ella la tendencia a la cosmogonía, a la grandilocuencia, a los personajes individuales, resueltos y desatados, que con su poder único son capaces de desafiar a enemigos épicos más grandes que la vida y la muerte. El Capitán América, presentado como un ideal físico perfecto, fue un ejemplo temprano de esto. Pero luego tenemos a Hulk, Thor, Orion, todos personajes muy kirbyanos, y todos ellos más que dispuestos a hacer valer modos de vida que llamaríamos humanistas liberales, a golpes si fuere preciso. Esto es un enfoque, discutible por supuesto, pero siempre interesante de observar, acerca del viejo problema de la tolerancia de los intolerantes, o sea, qué hacemos nosotros las personas humanistas con las personas que no lo son, y aprovecharían las libertades que les damos para destruir la libertad en último término. La respuesta kirbyana parece clara: a veces, liarse a golpes para defender a una sociedad que no necesite de gente liándose a golpes, pareciera ser la única opción. Bueno, nadie dijo que la vida fuera consecuente consigo misma.

El número 2 de Captain America Comics, de Abril de 1.941, con el Capitán América rescatando a Bucky de las malvadas garras de Hitler.
Sin embargo, y esto será una historia recurrente... Timely Comics empezó a hacerse la cicatera con Jack Kirby y Joe Simon. El Capitán América como personaje funcionaba bien, pero la paga era bastante miserable, considerando lo bien que Goodman se forraba los bolsillos con el personaje. National Comics les ofreció un mejor trato, y Kirby y Simon, que ya para esa época formaban una dupleta de oro en términos laborales, defeccionaron a la competencia; acotemos aquí que National Comics es la empresa que con el tiempo llegaría a ser DC Comics. En este período, Kirby tuvo también buenas nuevas personales; se puso de novio con una chica llamada Roz Goldstein, y la desposó en 1.942. Nota agradable en la vida de Kirby aquí, el matrimonio estuvo construido sobre roca, duró algo más de medio siglo, y sólo la muerte de Kirby acabó por separar a los dos enamorados. Y todos adoran una historia romántica que termina con bebés, así es que mencionémoslo: Jack y Roz tuvieron cuatro hijos en total.

Mientras tanto, en Diciembre de 1.941, Estados Unidos había declarado la guerra al Eje, y esto significaba movilización masiva. Kirby fue llamado a filas en 1.943, y le tocó servir bajo las órdenes del legendario General Patton, de entre todas las personas; sí, del calvo interpretado por George C. Scott en la película de 1.970 hablamos. Kirby desembarcó en la mítica playa de Omaha en Normandía, pero no como parte del Día D, sino como personal posterior de apoyo, en Agosto de 1.945, de manera que no llegó a conocer al soldado Ryan. En Francia, le tocó liarse a tiros con los kreutzers en las cercanías de Metz. Ahí, su trasfondo como ilustrador le jugó una mala pasada: un oficial militar le reconoció en calidad de tal, y decidió aprovechar ese talento enviándole como explorador hacia las filas enemigas para que trazara mapas de las mismas, tarea reconocida como una de las más aptas para que el enemigo lo deje a uno como colador a disparo limpio. Ya saben, estimados lectores: si le hacen al dibujo y los movilizan para la guerra, mantengan la maldita bocota cerrada al respecto. En cualquier caso, el incidente de guerra más serio que vivió Kirby, fue que se le congeló una pierna en el frente de batalla, lo que casi le valió una amputación; para su fortuna la pierna se recuperó, y pudo regresar a casa, en una pieza, con pierna y todo, en 1.945.

El término de la Segunda Guerra Mundial marcó un cambio profundo en la industria de los cómics. Los superhéroes se habían mantenido en la cresta de la ola gracias a que eran una válvula de escape al profundo miedo de perder la guerra: en cierta medida, viéndolos aporrear nazis de lo lindo, era como si ellos pelearan la guerra por los estadounidenses. Pero después de 1.945, la gente quería olvidarse del tema. Los superhéroes pasaron de moda. Por algunos años, por lo menos. El cómic del Capitán América acabó por ser cancelado; un intento por hacerlo resurgir en la década de 1.950, acabó en fracaso, hasta el punto que después, en retrocontinuidad, se dijo que ese Capitán América en realidad había sido un impostor. En cualquier caso, este nuevo Capitán América sin Simon y Kirby ofendió a ambos, quienes llegaron a un trato con una editorial llamada Prize Comics para producir un cómic de respuesta en los cuales, cosa rara en esos tiempos, Simon y Kirby retuvieran los derechos sobre los personajes. El resultado fue Fighting American, publicado por primera vez en 1.954, que partió como un cómic serio, pero acabó deviniendo en una parodia del Capitán América. Inicialmente, el personaje se liaba a mamporros con los comunistas, así como en su día el Capitán América con los nazis, pero pronto, la sensibilidad liberal de Simon y Kirby se ofendió con el Macartismo, que pasó a ser el nuevo enemigo a batir. De todos modos, el experimento no duró demasiado: el último número, el séptimo, fue publicado en 1.955, y luego, la serie fue cancelada.

Un artista y la hermana mayor de su novia tratando de echarle las garras mientras modela para él; a quién no le ha pasado. Portada del número 1 de Young Romance, de Jack Kirby y Joe Simon.
En la búsqueda del nuevo éxito que reemplazara a los superhéroes, nos encontramos con uno de los aspectos menos reconocidos, pero más influyentes, en la carrera de Jack Kirby. Regresemos en el tiempo a 1.947. En esas fechas, Kirby y Simon lanzaron un cómic humorístico llamado My Date, cuya temática era el romance ya no como elemento adicional en una historia de otro género, sino en sí mismo. My Date resultó tan exitoso, que Prize Comics, la misma editorial que años después publicaría Fighting American, les ofreció un lucrativo contrato por producir más cómics en la misma línea. Nació así Young Romance, que se publicó de manera mensual o bimensual entre 1.947 y 1.963. Young Romance prácticamente inventó el género del cómic romántico, que tuvo un éxito extraordinario en la década de 1.950, y buena parte de la siguiente. Los propios Kirby y Simon siguieron explotando el filón con publicaciones adicionales tales como Young Love, o Young Brides, mientras que otras editoriales se subieron al carro generando sus propios clones. Sí, señores, hubo una época en la cual la gente leía cómics en los cuales sus protagonistas eran dos enamorados sufriendo por amor, en vez de ser superheroínas forradas en cuero ajustado dando o recibiendo golpes en alguna pelea de callejón...

En 1.953, Kirby y Simon se aventuraron por sí mismos, y fundaron su propia editorial: Mainline Publications. La idea era publicar cómics un poco más adultos que la competencia. Pero esta aventura fue desgraciada. La misma le trajo complicaciones legales y un aparatoso juicio contra Prize Comics, por regalías no pagadas a Kirby y Simon, que al final fueron resueltas en un arreglo muy desfavorable para ambos, pero que era preferible a los años de largo y quizás infructuoso litigio que podrían venir adelante. Para colmo, su aventura editorial coincidió con la oleada de puritanismo idiota que invadió a los cómics, con audiencias en el Senado prestándole oídos a los perros guardianes de la moral despotricando contra los cómics, con Fredric Wertham y su libro La seducción del inocente a la cabeza. En esas audiencias, varios comics de Mainline Publications fueron usados como prueba de la supuesta indecencia de la industria de los cómics contaminando la sacrosanta y cristiana pureza moral de Estados Unidos. Todo eso llevó al famoso Comics Code Authority, la famosa regulación de autocensura que barrió con los cómics para adultos... incluyendo a Mainline Publications. Así fue como el intento de Kirby y Simon por ser finalmente independientes, por trabajar para sí y no ser traídos y llevados por jefes editoriales, acabó en un triste fracaso. Pero, ¡hey!, no se sientan demasiado mal por esto: como dicen los neoliberales, esto es destrucción creativa...

Las tensiones derivadas de todo el lío de Mainline Publications puso muy duramente a prueba las relaciones entre Simon y Kirby. El primero, a la sazón algo por sobre la cuarentena, se aburrió, y decidió cortar por lo sano: se salió del mundo de los cómics para dedicarse a la publicidad. Volvería a los cómics después, pero de manera más esporádica. A partir de entonces, Kirby y Simon siguieron caminos separados, aunque por suerte, lo hicieron en términos amistosos. Era el final de una dupleta de oro que habían estado en la punta de la lanza en el mundo de los cómics durante década y media. A partir de entonces, Kirby tendría que arreglárselas como free lancer, buscándose las oportunidades allí en donde aparecieran. Y de hecho, surgieron en el lugar más inesperado: el editor de Atlas Comics lo llamó a su servicio. La nota de suspenso aquí: el editor en jefe de Atlas Comics era Stan Lee, y la misma Atlas Comics era en realidad la antigua Timely Comics con otro nombre. Ya saben para dónde va esto. Estamos a poquitos años de la gran explosión creativa que significó el Universo Marvel, y a la participación de Kirby en la misma nos referiremos de lleno en la siguiente entrega de esta serie de posteos que le hemos dedicado al Rey. Porque, ya lo saben... Esta historia continuará.

Portada de Kid Colt Outlaw número 89, de Marzo de 1.960, dibujada por Jack Kirby.

domingo, 13 de agosto de 2017

"Doraemon": Una cierta mirada social.


Una de las series de dibujos animados japoneses que me fascinó de niño fue Doraemon, aunque en la época se la conocía directamente como El gato cósmico. Mi recuerdo nebuloso de dicha serie, era sobre las desopilantes peripecias de un chico cuyo mejor amigo era un gigantesco gato azul de patitas cortas con el que vivía aventuras maravillosas. Después pasaron los años, crecí, y me desentendí de la serie, así como todos hacemos con muchas cosas de la infancia, porque son tonteras de niños, y uno ya está grande como para eso. Pasaron todavía más años, volví a reencontrarme con Doraemon... y me encontré con una serie mucho más grande de lo que recordaba. Y además, la razón de ser del presente posteo, una muy interesante crítica social a nuestra sociedad exitista y consumista. ¿De manera casual, o con toda la mala intención del mundo? Quién sabe. Pero la parábola social, ahí está para quien quiera verla.

Para quienes han vivido debajo de una piedra en las últimas décadas: Doraemon es una serie de anime, protagonizada por un chico llamado Nobita, y un gato robot de color azul llamado Doraemon, justamente. A finales del siglo XX, Nobita es un chico destinado a ser un fracasado, por lo que desde el futuro, desde el siglo XXII, le hacen un regalo inusual: uno de los descendientes de Nobita intenta arreglarle la vida a su antepasado enviándole a Doraemon, lo que éste puede hacer gracias a su bolsillo multidimensional en donde guarda toda clase de cacharros tecnológicos que puede adquirir en el futuro. Se supone que con la ayuda de Doraemon, Nobita va a dejar de ser un perdedor frente a todo el mundo, va a poder arreglar su vida, y en general, sus descendientes también van a mejorar. La lógica detrás de poner en riesgo la línea temporal del pasado que llevará a tales descendientes en primer lugar, es algo que se me escapa, pero la premisa de la serie es ésa, así es que es mejor aceptarla como viene y no hacerse mayores preguntas, o no tendríamos serie en primer lugar.

A la vez, el argumento de cada capítulo es más o menos estándar, casi una serie televisiva de fórmula. Por una u otra razón, Nobita se mete en problemas: puede ser por el matonaje de sus amigos Suneo o Gigante, puede ser porque su amada Shizuka le hace ojitos a Dekisugi, puede ser porque se sacó una mala nota en el colegio, puede ser porque su madre le hizo un encargo y él no quiere hacerlo... o simplemente porque la vida es demasiado cotidiana y aburrida, y él quiere algo de acción y picante, que hay episodios de ésos también. En cualquier caso, Nobita se las arregla para convencer a Doraemon de que use o le preste un artefacto que lo sacará del atolladero. En un principio el asunto funciona, pero entonces Nobita discurre algún otro uso para el mismo, abusa del nuevo poder que ha recibido, y eso desencadenará una serie de situaciones que rematarán en un clásico y arquetípico tiro por todo lo que se llama la culata. La gracia de la serie, y lo incombustible de la misma, deriva de preguntarse qué nuevo y maravilloso artefacto se sacará esta vez Doraemon de la manga, y que grandioso o espectacular fracaso se bancará Nobita por su porfía y testarudez.

La serie misma, de hecho, ha sido un exitazo en Japón. El manga fue publicado entre 1.969 y 1.996, la friolera de un cuarto de siglo, y compendiado en 45 volúmenes. Y el anime, tras una partida en falso en 1.973, volvió a la pantalla en 1.979 para no volver a abandonarla hasta la redacción de estas líneas, por no hablar de que ha salido prácticamente una película del personaje cada año desde 1.980, faltando a la cita sólo el año 2.005... pero poniéndose al día con dos películas en 2.014. Aunque haciendo un poquito de trampa: algunas de las películas posteriores a 2.005, aprovechando la actualización que le dieron a la estética de los personajes, en realidad son remakes de producciones anteriores. En Latinoamérica, tras algunos años de oscuridad, en el siglo XXI reencontró popularidad en una generación entera nueva, rotando desde siempre y quizás también para siempre en las pantallas de televisión.


En realidad, la razón del éxito de la fórmula es bastante sencilla. Se trata de la enésima variante del cuento de Aladino y el genio de la lámpara. Es decir, Nobita es Aladino, Doraemon es el genio, y la magia es reemplazada por el bolsillo multidimensional. La serie de hecho corre a tope bajo la premisa de la Tercera Ley de Clarke, de que toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible para los nativos de la magia. En la serie, lo que vemos es la tecnología avanzada a la que Doraemon tiene acceso, pero en cuanto a su valor narrativo, ésta opera exactamente igual que la magia de toda la vida: hace cosas que se piensan imposibles, en apariencia rompiendo las leyes de la Física, por medios que ni se explican, ni maldita la falta que nos hace saber cómo. Las historias del chico y su genio son siempre populares porque son la fantasía definitiva, la de romper con los límites de la realidad para reconstruirla al gusto propio. Y la gente sigue fantasías precisamente para cumplir con los sueños que la vida real no hace posible. Las historias de agentes secretos hacen vivir la fantasía de la acción y el romance sofisticado, las historias de superhéroes hacen vivir la fantasía de la justicia y la nobleza de espíritu, y así sucesivamente. Pero la historia del chico y su genio en principio hacen vivir literalmente cualquier fantasía, casi sin límite alguno.

Esta dimensión de Doraemon hace olvidar fácilmente uno de los mejores elementos de la serie: su más o menos subterránea, pero no por ello menos acerada, crítica social. Porque por debajo de historias simples e incluso un tanto tontorronas, lo que tenemos es un ataque a la médula del exitismo y del consumismo propios de nuestra sociedad contemporánea, ataque muy bien perfilado a través de personajes cuyos vicios y defectos son muy reconocibles en la sociedad a nuestro alrededor.

Partamos por Nobita. En primera instancia, el protagonista de la historia es un chico muy desagradable. Es un niño irresponsable, caprichoso y cobarde, que nunca aparece esforzándose por nada. Ante cualquier dificultad, su respuesta casi pavloviana es estallar en llanto y pedir ayuda a Doraemon. ¿Cómo es posible que semejante sanguijuela sea capaz de hacerse tan simpático que pueda protagonizar una serie, y ésta no se hunda? Un aspecto es, por supuesto, que por regla general Nobita termina siendo castigado por su comportamiento, cuando las consecuencias de sus diabluras le llegan de rebote. Pero un aspecto más profundo, que la serie enfatiza muy bien, es que Nobita no siempre fue el chico antojadizo e imprudente que conocemos, algo que se hace obvio en todos los episodios de viaje en el tiempo en donde nos encontramos con el Nobita niño con su abuela. En esos episodios se nos revela que Nobita originalmente era un chico recto y capaz de disciplinarse, y que por el camino, algo sucedió que lo transformó en el niño inmaduro que es en la actualidad.

Hasta donde conozco la serie, no se nos ha revelado qué fue en definitiva lo que sucedió con Nobita, pero considerando las interacciones de éste con sus padres, la respuesta se antoja bastante obvia, y bien mirada, es escalofriante. En la actualidad, los padres de Nobita son en la práctica, padres ausentes. El padre va a trabajar a la oficina en la mañana y llega a descansar en la tarde, y la madre por su parte se la pasa absorbida todo el día en los deberes de la casa. Lo que falta en ambos casos, es lo que podríamos llamar dedicación emocional, porque ninguno de los dos se toma el tiempo para conversar o compartir siquiera cinco minutos con Nobita, en detenerse a escucharlo, apoyarlo o animarlo. Esto redunda en que Nobita se está criando en una enorme soledad. La única interacción real a nivel emocional de los padres con Nobita, es negativa: las reprimendas y regañinas por la irresponsabilidad. En términos prácticos, Nobita es casi como la mascota de la casa, a quien se le da comida o se lo reta cuando se porta mal, y poco más que eso. Dentro de su familia, la única interacción positiva que empoderaba a Nobita, era la de su abuela, pero una vez que ésta falleció, Nobita se quedó sin ese refuerzo positivo. Todo esto hace mucho más significativa la amistad que se entabla entre Doraemon y Nobita, que según se deja caer, trasciende la mera servidumbre por parte de Doraemon para transformarse en un vínculo sólido y duradero en donde ambos están constantemente ayudándose y rescatándose a la hora de los problemas.


Así, no es difícil hacerse un cuadro de lo que sucedió con Nobita. Inicialmente, cuando era un niño bueno, quizás bajo la influencia de su abuela, sus padres podían sentirse orgullosos de él. Pero luego, quizás simplemente porque la vida tiene altas y bajas, Nobita empezó a sacar malas calificaciones. Los padres de Nobita se enojaron con él, y esto desató un círculo vicioso: un Nobita sin apoyo ni afectos, empezó a descender en la mediocridad, lo que originó nuevas recriminaciones de los padres, lo que a su vez hundió aún más su autoestima... etcétera. Y lo más escalofriante de todo, es que los padres de Nobita no son gente mala, ni padres maltratadores. Por el contrario, se deja caer que el padre es un trabajador preocupado y responsable, y la madre por su parte es una esforzada ama de casa. Así es que, y esto es lo terrorífico, todo el daño psicológico que le están haciendo a Nobita es absolutamente falto de intención, y si se comportan así con él, es porque no conocen nada mejor. En los capítulos de viaje en el tiempo al pasado, se deja claro que los propios padres de Nobita recibieron una educación bastante tradicionalista, restrictiva y castradora, que los transformó también en seres incapaces de expresar su afecto. Así como Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal, acá podríamos hablar de la banalidad de la falta de afectos: cualquier persona, incluso tú o yo, podríamos ser tan fríos e insensibles como los padres de Nobita y dañar a la gente a nuestro alrededor, y no nos daríamos cuenta porque estaríamos comportándonos tal y como el patrón social nos permite o exige que nos comportemos.

En definitiva, aunque la serie está planteada originalmente como una pulla enorme a la sociedad japonesa de transición a finales del siglo XX, también la relación de Nobita con sus padres funciona muy bien como una crítica al exitismo dentro de nuestra sociedad capitalista occidental, dentro de la cual, la persona sólo vale por el nivel de éxito que llega a conseguir, de calificaciones escolares en este caso. Y este mensaje se ve reforzado por las interacciones de Nobita con sus amigos. O con las gentes que dicen ser sus amigos. Porque Gigante y Suneo, bajo la fachada de presentarse como amigos, en realidad son tipos prepotentes y abusivos con Nobita, casi a nivel de vampiros emocionales. Y el punto interesante es que tanto Gigante como Suneo son chicos exitosos, cada uno a su manera. Gigante es exitoso, entre sus amigos a lo menos, debido a su fuerza física: pudiendo apalear a cualquier otro chico sin problemas, le es fácil su voluntad al resto de la gente a su alrededor, lo que implica llevarlos a prácticas de juego en donde puede exigirles lo imposible, o forzarlos a escuchar sus odiosos y desafinados recitales. Suneo por su parte es exitoso gracias al poder económico: sus padres siempre están comprándole juguetes o llevándolos a vacaciones caras, y por ende Suneo puede presumir de esas cosas ante sus amigos. Tanto Gigante como Suneo representan la cara más desagradable del exitismo patológico en nuestra sociedad contemporánea: la falta de humildad, la prepotencia, la convicción de que la fuerza (física o económica, cualquiera de ambas o las dos) hace el derecho.

Pero la crítica va más allá. Porque tanto Gigante como Suneo, a pesar de que ante sus amigos se presentan como modelos de éxito, en realidad se nos muestran como dos seres profundamente frustrados, y en cierta medida, incluso fracasados. El caso de Gigante es el más obvio, ya que es una persona constantemente castigada por una madre que llega incluso al maltrato físico sobre él. Resulta claro que Gigante se comporta de manera abusiva con sus amigos porque ése es el ejemplo que ha recibido en casa, y no conoce nada mejor. Suneo, por su parte, en varios episodios se ha dejado caer que los regalos, más que regalos, son sobornos: los padres de Suneo tienden a usarlos como sustitutos del verdadero afecto, el cual viene un tanto condicionado a que Suneo por su parte se saque buenas calificaciones. Suneo es así una parábola del precio del éxito económico: puedes tener bienes materiales, puedes tener muchos bienes materiales, puedes tenerlos a porfía, pero eso significa que debes dejar de vivir para tí mismo y empezar a complacer a personas que están incluso más arriba que tú en la escala social, de los cuales dependes, a quienes realmente no les importas como persona, y que si te retiran su apoyo, te dejarán caer y ya no podrás levantarte. Suneo es así una muy aguda crítica al patán mediocre que se cree y predica el cuento de que el éxito deriva sólo del propio esfuerzo, que tiene un derecho moral a menospreciar a la gente que tiene menos cosas que él porque él se las ha ganado, y que en el fondo es una pobre marioneta de gente incluso por encima suyo en la escala social, que lo mira con el mismo desprecio condescendiente que éste a su vez vierte sobre aquellos que son incluso más miserables que él.


La relación de Nobita con Shizuka presenta asimismo varios elementos de toxicidad. Nobita está enamorado de Shizuka, probablemente porque es la única chica que muestra algo de respeto por él. Sin embargo, Nobita no siempre corresponde ese respeto. No pocas veces, Nobita intenta sacar ventaja de Shizuka, llegando a tratarla incluso como si fuera su propiedad, aunque siempre por la vía del engaño, de usar algún artefacto de Doraemon para controlarla o manipularla, o bien para mantenerla bajo espionaje y vigilancia; muchas conductas de Nobita hacia Shizuka, si habláramos de gente adulta, podrían calificar como acoso sexual puro y simple. Empero, siendo Shizuka una persona sana y bien ajustada, ella tiende a no caer en las trampas de Nobita. Cuando Nobita se propasa, Shizuka lo pone en su lugar, pero lo hace desde el respeto y la dignidad, y esta actitud de Shizuka es lo que consigue que la amistad no termine viciándose. En varios episodios se ha presentado que, en el futuro, Nobita conseguirá casarse con Shizuka, pero se ha insinuado o dejado caer que eso sucederá cuando Nobita madure, se haga un adulto responsable, y a partir de ahí, se gane el cariño y la admiración de la chica.

Uno de los aspectos más interesantes de la serie, es el rol que juega Dekisugi en la misma. Este es un personaje más o menos secundario, pero que adquiere cierta relevancia como tercero en discordia, compitiendo con Nobita por los afectos de Shizuka. Pero a diferencia de otros personajes, Dekisugi no es prepotente ni abusivo; de hecho, es lo más cercano a un tipo bonachón que nos encontramos en la serie. Dekisugi podría ser tan prepotente o abusivo como Gigante o Suneo porque él también tiene un cierto poder, el poder del conocimiento, porque lo suyo es la dedicación constante al estudio. Hay como una idea socrática detrás del personaje, de que el conocimiento y la sabiduría llevan de manera inevitable a la bondad. Es una idea debatible, por supuesto, pero funciona muy bien dentro del espíritu de la serie. Por regla general, Dekisugi no tiene que esforzarse por ganar la atención de Shizuka porque le basta ser como es, para que ella vaya tras suyo, a diferencia de un Nobita que recurre a trucos una y otra vez para lograr que Shizuka lo privilegie a él. También eso explica por qué Dekisugi no encaja realmente con la pandilla de amigos, y casi nunca se lo ve con Gigante y Suneo: porque su nobleza moral le impide interactuar de verdad con ellos, que son más patanes y abusivos. Pero, eso sí, hay una cierta ironía que en los capítulos del mundo futuro, sea Nobita y no Dekisugi quien se quede con Shizuka. Una posible explicación, muy acorde al espíritu de la serie, es que a la larga, justamente por estar un peldaño por encima en la escala moral, Dekisugi no necesita cambiar ni evolucionar, mientras que Nobita por su parte sí ha tenido que hacer el esfuerzo de crecer y madurar, y ese esfuerzo es lo que ha terminado por ganarle a Nobita el corazón de Shizuka. Dekisugi es lo más cercano a un personaje de moralidad perfecta en la serie, pero por su parte, la perfección suele ser aburrida, y los seres humanos tendemos a admirar lo perfecto, pero a encariñarnos con lo imperfecto, porque eso nos convierte en más humanos, en definitiva.

Dentro de este esquema de cosas, la relación de Nobita con Doraemon, aunque es presentada como amistad noble y tierna, en el fondo tiene bastantes elementos tóxicos. Doraemon ve a Nobita fracasar una y otra vez, y lo ayuda como lo haría un buen amigo. Y con esto, lo único que logra es hundir todavía más a Nobita. Es frecuente que Nobita engañe o manipule emocionalmente a Doraemon para conseguir que lo ayude. En definitiva, se comporta como un amigo tóxico y abusivo. Y en esto también hay otro elemento de crítica social. Nobita es un perdedor dentro del sistema, una persona eternamente bajo el pulgar de sus padres, incomprendido y exigido por su profesor, y abusado por sus amigos. Frente a eso, en vez de desarrollar resistencia emocional y un sentido de la responsabilidad, siempre trata de obtener la mano ganadora por la vía fácil, por la trampa, por el atajo. Es por eso que Nobita al final siempre termina fracasando: porque al descubrir una manera fácil de salirse con la suya, termina por no adivinar en qué límite debe detenerse. Una vez que usa el artefacto y ha obtenido una situación de equilibrio frente a quienes abusan de él, eso a Nobita no le basta y trata a su vez de convertirse en un abusador. Es difícil hacer una crítica más profunda a una sociedad como la nuestra, en donde lo que importa no es comportarse bien ni ser una buena persona, sino obtener el éxito a cualquier precio y transformarse en el depredador para no terminar siendo la presa.


Desde este punto de vista, la amistad de Doraemon es también una parábola en contra del consumismo. Aunque Doraemon es un personaje que es capaz de sentir, en última instancia es un robot programado para ser el mejor amigo de Nobita. Es decir, Doraemon es un objeto de consumo que produce a su vez otros objetos de consumo. Doraemon funciona de esa manera casi como una verdadera tarjeta de crédito con una línea de consumo casi ilimitada. Cuando Nobita reemplaza el esfuerzo y el sacrificio por el camino fácil del éxito, vía artefactos de Doraemon, está haciendo exactamente lo que tantas personas en nuestra realidad: comprar cosas para demostrarle a los demás que se es una persona exitosa. A través de Doraemon, Nobita tiene un poder económico en principio ilimitado, para los estándares de la actualidad por lo menos, ya que puede obtener productos del siglo XXII de manera también casi ilimitada. Es el sueño consumista definitivo, el obtener objetos de consumo que lo transformen en el hombre más exitoso de la sociedad. Y sus eternos fracasos en ello reflejan también el profundo vacío del modelo de vida consumista, que siempre obliga a consumir más y más, en una espiral sin fin, de la misma manera en que Nobita se ve forzado una y otra vez a recurrir a Doraemon para salir de los atolladeros que no consigue solucionar o sortear debido a su propia impaciencia e inmadurez.

Un aspecto interesante de la serie, es que pese a toda su carga de crítica social implícita, la misma nunca degenera en un drama pesimista. Por el contrario, al final su mensaje termina siendo muy optimista y esperanzador. Aunque casi todos los personajes de una u otra manera son seres psicológicamente fracturados, en realidad ninguno de ellos califica como lo que llamaríamos una mala persona. Bajo determinadas circunstancias, todos ellos muestran de una manera u otra que poseen una nobleza innata de carácter, y que si se comportan como gente mala, es debido a presiones sociales que están más allá de su control, incluyendo la formación y educación recibidas. El propio Nobita se muestra como un chico con mucho ingenio, aunque dedique semejante ingenio más bien a tramar cómo medrar a costa del resto, que a alguna actividad de bien; pero cuando encuentra la fortaleza de espíritu para librarse tanto de la dependencia de los artefactos de Doraemon como de la presión psicológica derivada del abuso de la gente a su alrededor, se revela como un chico muy noble y capaz de grandes esfuerzos. En estos instantes de sanación emocional, es en donde nos encontramos con que la amistad de Nobita y Doraemon muy en el fondo es genuina, nacida del mutuo aprecio y respeto de ambos. Sabemos también que la presencia de Doraemon ha conseguido de hecho alterar la línea temporal, y que Nobita se casará con Shizuka en vez de con la hermana de Gigante, que era la línea de tiempo original, y que eso será gracias a que la amistad de Doraemon habrá conseguido sacar de Nobita lo mejor de sí mismo.

Es decir, a pesar de su enorme crítica social, la serie presenta también un mensaje esperanzador: la gente puede ser mejor de lo que es, la gente puede cambiar para bien, y siempre deberíamos darle una oportunidad a los demás para que éstos saquen lo mejor de sí. O sea, un punto intermedio entre los optimistas e ilusos para quienes los humanos son buenos y la sociedad es quienes los malversan y corrompen, y los fatalistas que consideran a la Humanidad condenada a la mediocridad y la maldad. Y es probablemente esto lo que al final hace la buena fortuna de la serie, más allá de la comicidad implícita en todos y cada uno de los fracasos del pobre Nobita.


jueves, 10 de agosto de 2017

Bastión Esperanza: El inicio.


En 2.015, Bastión Esperanza fue la gran sorpresa y revelación de la Guillermocracia. Tanto, que pavimentó el camino para lo que antes parecía impensable, que fue traer de regreso a Corona de Amenofis, Infra Terra y Marbod el Bárbaro. Sin embargo, por tales o cuales circunstancias, su publicación quedó interrumpida en un punto crucial de la historia.

Ahora en Agosto de 2.017, salvo cambios de última hora, comenzará la publicación de los nuevos episodios de Bastión Esperanza. En ellos, resolveremos el enorme continuará en que remató la primera tanda de capítulos, y seguiremos la historia a partir de ese punto. Y para ponernos en ambiente, nada mejor que hacer una brevísima recapitulación de los principales puntos del argumento, tratando de evitar la mayor cantidad posible de spoilers, por supuesto.

Años atrás, la Humanidad seguía confinada a los límites del Sistema Solar. Sin embargo, después de la Gran Guerra Total, la Humanidad estuvo a punto de extinguirse. Entonces, los humanos sobrevivientes tomaron la decisión de iniciar la colonización de mundos más allá del Sistema Estelar del Sol, para asegurar la supervivencia de la raza humana. Uno de estos mundos fue Esperanza, ubicado a cerca de 70 años luz de la Tierra. Dicho mundo fue alcanzado en un viaje que duró aproximadamente 100 años para los colonos, con una expedición integrada por cerca de un millón de personas congeladas.

Han pasado veinte años desde la colonización de Esperanza, y la colonia ha prosperado hasta construir siete ciudades y varios otros asentamientos, con una población total de algo más de dos millones de habitantes. Las cosas no han sido fáciles para los colonos, eso sí. En los inicios debieron afrontar la muerte púrpura, una epidemia nativa de Esperanza que ocasionó una importante cantidad de víctimas. También debieron afrontar el fantasma de la guerra civil, la Rebelión Mendeliana. Todas estas crisis han fortalecido a la sociedad de Esperanza, pero aún así, nada ha hecho suponer a sus habitantes que están a punto de enfrentarse a la peor catástrofe de su historia.

Inesperadamente, veinticuatro naves alienígenas entran a la órbita de Esperanza, e inician un devastador ataque. Pronto, los humanos de Esperanza descubren que su única posibilidad de salvación radica en Ganímedes, una gigantesca nave espacial semienterrada en Esperanza respecto de la cual, nadie sabe quién la construyó, ni cómo, ni para qué. Por alguna razón, sólo Alba Dunsany, la asistente de laboratorio del profesor Higgins, es capaz de controlar a Ganímedes con su mente; sin embargo, el carácter dulce y gentil de ella chocan de frente con lo que de verdad se necesita, a la hora de librar una sanguinaria guerra en contra de los despiadados alienígenas.

La invasión de los alienígenas no sólo ocasiona un elevadísimo número de víctimas, sino que además de eso, somete a una máxima tensión todas las instituciones y la sociedad misma de Esperanza, que ahora se ve obligada a la movilización total, como única manera de sobrevivir contra un enemigo tan misterioso como brutal. ¿Quiénes son los misteriosos alienígenas y qué se proponen realmente? ¿Quién construyó a Ganímedes? ¿Por qué sólo Alba Dunsany parece ser capaz de pilotear a la nave? ¿Qué se esconde en el interior de sus bancos de memoria...?

Bastión Esperanza es el homenaje que rendimos acá en la Guillermocracia, a lo que fue la Ciencia Ficción y muy en particular la Space Opera de las décadas de 1.970 y 1.980, muy en particular a franquicias como Gundam, Yamato, Macross o el Leijiverso. Es una historia de guerra espacial, pero también, de personajes que deben arrostrar los mayores sacrificios con tal de ganarse el derecho a un futuro. Y ésta es la historia sobre la cual pronto habrán nuevos episodios, sólo aquí en la Guillermocracia.

martes, 8 de agosto de 2017

El juicio contra Galileo Galilei: Leyenda y realidad (2 de 2).


En la primera parte de este posteo, veíamos cómo Galileo Galilei, uno de los más importantes científicos de todos los tiempos, no desarrollaba exactamente sus investigaciones en el vacío. Alrededor suyo había varios factores sociales, religiosos y políticos que estaban poniendo una teoría en principio inocente, el Heliocentrismo, en la mira de la Iglesia Católica. Los trabajos de Galileo parecían ir en principio contra las Sagradas Escrituras, lo que sumado a la férrea lucha emprendida por la Iglesia Tridentina contra el Protestantismo, iba a generar roces más tarde o más temprano. En términos conceptuales, para la Iglesia, una cosa era sacar cálculos matemáticos como si hiciéramos cuenta de que el Heliocentrismo fuera el modelo correcto, y otra muy distinta era defenderlo abiertamente como una realidad del universo. Por supuesto, se puede argumentar, y esto no pasaba desapercibido para los partidarios del Heliocentrismo, los cálculos matemáticos funcionan porque la realidad los hace funcionar, y los hace funcionar porque la realidad es así. La actitud de la Iglesia Católica tenía así mucho de histeria, de ponerse la venda delante de los ojos. La Iglesia se había tardado cerca de tres cuartos de siglo en reaccionar de manera oficial frente al Heliocentrismo, pero ahora lo iba a hacer de verdad, y con ello, iba a descargar todo el peso de su autoridad.

La cuestión del Heliocentrismo fue finalmente discutida en 1.616. Contra la mitología popular, a Galileo no le faltaron abogados dentro de la mismísima Iglesia inclusive: el Cardenal Maffeo Barberini se puso de parte de Galileo y lo defendió. Pero al final, por orden papal dirigida al Cardenal Bellarmino, a cargo de la investigación por parte de la Inquisición, y a quien mencionábamos antes, el asunto se zanjó contra Galileo: el libro de Copérnico fue incluido en el Indice de Libros Prohibidos, sus ideas fueron condenadas como heréticas, y se prohibió discutir el Heliocentrismo como una realidad física. Se permitía, eso sí, discutir el Heliocentrismo en términos matemáticos nada más. Era una solución de parche, por supuesto, y en retrospectiva, nos damos cuenta de que más tarde o más temprano, estaba condenada a no funcionar.

Hora de derribar otro mito adicional. Uno de los principales problemas de las observaciones de Galileo... es que no aportaban una prueba definitiva del Heliocentrismo. Circunstanciales las había, claro, pero no una prueba que pudiéramos contar como definitiva. Por prueba definitiva, queremos decir aquella que es tan contundente e inequívoca, que resulta imposible de controvertir. Las observaciones de Galileo eran más compatibles con el Heliocentrismo que con el Geocentrismo, pero no terminaban de descartar a éste del todo. Galileo pensaba tener una prueba definitiva del Heliocentrismo, al postular una teoría acerca de las mareas que sólo podía funcionar en un modelo heliocéntrico. Esto hubiera sido el argumento definitivo en la discusión... si el planteamiento galileano hubiera sido correcto. Hoy en día sabemos que las mareas son provocadas por la atracción gravitacional de la Luna, y el mecanismo postulado por Galileo es incorrecto. En ese sentido, por antipática que nos resulte la censura como institución, y sin justificar la misma por supuesto, lo cierto es que la Inquisición tenía su grano de razón al considerar el Heliocentrismo como algo todavía no probado.

Como resultado del juicio de 1.616, Galileo tuvo que comprometerse a guardar silencio sobre el Heliocentrismo. Y así lo hizo durante algunos años... hasta que en 1.623 el Cardenal Barberini, que lo había defendido en el juicio de 1.616, fue elegido Papa, y adoptó el nombre de Urbano VIII. Galileo solicitó y obtuvo permiso para escribir un tratado acerca del universo. Urbano VIII se lo concedió, pero en los términos del juicio de 1.616: el Heliocentrismo debía ser presentado sólo de manera hipotética, como modelo matemático, y con argumentos tanto a favor como en contra. Aparte de eso, el libro no tendría problemas en ser publicado. Por supuesto, esto de pedir permiso para una publicación científica hoy en día esto nos parece un absurdo, pero debemos recordar que en la mentalidad de ese tiempo y lugar, la Iglesia Católica era la suprema depositaria del conocimiento. No haber pedido y obtenido ese permiso hubiera sido equivalente a lo que hoy en día sería contratar como profesor de colegio a un patán que no hubiera completado la educación secundaria, con el agravante de que, se pensaba, lo que estaba en juego era la salvación de las almas aquí.


A fin de cumplir con la exigencia de que el Heliocentrismo fuera presentado como un debate, Galileo escribió el libro en cuestión como diálogo. Lo llamó, de hecho, Diálogo sobre los dos sistemas del mundo. En el mismo, dos personajes debaten acerca de cómo está estructurado el universo, si con la Tierra o con el Sol en el centro; en la época, por supuesto, no se creía que el universo fuera mucho más grande que el Sistema Solar. El libro salió publicado en 1.632, y de inmediato suscitó las iras del mismísimo Papa que, como amigo de Galileo, había autorizado su publicación. El problema es que Galileo Galilei estaba tan convencido de sus ideas, que al final acabó pintando muy bien al Heliocentrismo, y muy mal al Geocentrismo, lo que en el fondo violaba los términos del acuerdo. Para peor, se le ocurrió llamar Simplicio al defensor del Geocentrismo, y por supuesto, lenguas viperinas dentro de la Iglesia convencieron al Papa de que Simplicio, o sea el simplón, era una cruda caricatura del mismísimo Papa. Ni qué decir, vino un segundo juicio contra Galileo por parte de la Inquisición, y éste sí que fue el famoso y definitivo.

Veamos un poco en qué tesitura se encontraba la Iglesia Católica en la época. En 1.555, después de la llamada Paz de Ausburgo, la Europa Central había encontrado un equilibrio político entre príncipes católicos y protestantes. El Sacro Imperio Romano Germánico, ahora cada vez más basado en los dominios hereditarios de la Dinastía Habsburgo en Austria, era católico, pero numerosos vasallos suyos se habían hecho protestantes. Medio siglo después, los Habsburgo estaban interesados en fortalecer el poder imperial, y una manera segura de conseguir esto, era hostigando a los príncipes protestantes para reconducirlos al Catolicismo. Para dichos príncipes, ser protestantes no era sólo una cuestión de fe, sino también una manera de reafirmar una cierta independencia frente a las pretensiones centralistas de quien en teoría era su señor político, el Emperador. Pronto, las hostilidades degeneraron en guerra abierta, la nefasta Guerra de los Treinta Años entre el centralismo imperial católico y el independentismo protestante, guerra que azotó al continente europeo entre 1.618 y 1.648, y que por lo tanto estaba en pleno transcurso durante el juicio contra Galileo Galilei.

Y el asunto se complica más. La Guerra de los Treinta Años partió como un conflicto entre católicos y protestantes, pero pronto se transformó en algo más. Dinamarca primero, y Suecia después, intervinieron militarmente en Alemania, en teoría para defender a los protestantes pero en realidad para extender su esfera de influencia a costa de Austria. Detrás de estas invasiones estaba la mano mora de la cancillería francesa, que se las arreglaba para usar a peones extranjeros como medio para minar la posición política y militar de su rival austríaco. Signo maquiavélico de los tiempos, la política exterior de Francia estaba a cargo de Richelieu, cardenal, o sea un jerarca católico... que estaba aliado con potencias extranjeras protestantes para defenestrar a otro monarca católico, el Emperador, por motivos puramente políticos. Como puede verse, de religiosa la guerra tenía más bien poco, pero ya que la religión era usada como justificación última del asunto, había que salvar la cara con la misma.

En medio de este caótico cuadro, la Iglesia Católica estaba casi obligada a dar pruebas de blancura, de ser la más papista de los papistas. Richelieu podía darse el gusto de sembrar un poco de escándalo con su doble juego religioso, pero la Iglesia Católica no podía mostrar debilidad, so pena de fusilarse en el propio pie. Si quería conservar algo de respetabilidad, y por lo tanto, influencia política y social, debía mostrarse mucho más recta que tipos censurables como hipócritas y de doble faz, como Richelieu por ejemplo. Y esto significaba que debían aplicar una mano muy dura para contender con los herejes, y así reafirmar el mensaje de que la Iglesia, en realidad, era la guardiana de la verdad y la ortodoxia. Eran muy malos tiempos para pillarse los dedos bajo las puertas de la Inquisición... y Galileo con su tratado en efecto lo que hizo fue eso, pillarse los dedos. Todo lo anterior ayudó a que la mano viniera ahora con dureza mucho mayor que en 1.616, época en la que todavía no comenzaba la Guerra de los Treinta Años.


Galileo tuvo durante un tiempo la protección de Fernando II de Médicis, el Gran Duque de Toscana, que había sucedido a su padre Cosimo II cuando éste había fallecido de tuberculosis en 1.621, como adelantamos en la primera parte de este posteo. Pero las presiones de Roma fueron superiores. Se dice que después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Papa hizo un llamado a la paz, Stalin replicó burlesco: "¿Y cuántas divisiones tiene el Papa?". Pero éste era el siglo XVII, no el XX. Puede que en lo territorial el Papado no pesara mucho, pero en la partida diplomática de Europa seguía siendo un jugador temible. Fernando II de Médicis debió ceder, y eso significó que a Galileo no le quedó más remedio que ir a Roma para no empeorar su situación. Para peor, el juez de la Inquisición iba a ser Vincenzo Maculani, experto en Derecho Canónico tanto como en Geometría y Arquitectura, y hombre conocido por su dureza. Todo pintaba realmente negro para Galileo.

Hora de desmontar todavía otro mito respecto del juicio contra Galileo. Según la leyenda popular, Galileo fue salvajemente torturado por sus creencias. Pero esto es lisa y llanamente falso. El procedimiento de la Santa Inquisición no contemplaba la tortura en todos los casos, sino sólo en aquellos en donde la única posible prueba a obtener, fuera la confesión del reo. Previo a esto, el acusado debía ser puesto frente al tribunal, y tenía una oportunidad más o menos justa de hacer valer todas sus defensas y descargos. Más o menos justa, queremos decir, para los estándares de la época, por supuesto, en donde la presunción de inocencia no era un principio todavía aceptado a rajatabla. Sin embargo, esta justicia limitada seguía siendo mejor que un juicio político puro y duro. A Galileo se le amenazó, eso sí, con el uso de la tortura, pero ésta no llegó a hacerse efectiva; no había malicia en esto, por supuesto, ya que la amenaza de la tortura era parte del procedimiento estándar, como hoy en día lo sería pedir la prisión preventiva del imputado por un crimen o simple delito.

El caso es que frente al tribunal, Galileo tuvo un momento de muy comprensible debilidad. Galileo no era un jovencito, sino un septuagenario. Además de ir recto a los tres cuartos de siglo de edad, estaba afectado de achaques en el sistema muscular, producto de un enfriamiento mal cuidado al que se había expuesto más o menos veinte años antes. Además estaba el precedente de Giordano Bruno, que ya mencionábamos en su oportunidad, y que por no retractarse, había acabado en la hoguera. Sopesando la situación, Galileo acabó por abjurar. Quizás no haya sido un momento gallardo o glorioso, pero sí que tiene un componente humano muy fácil de entender. Según la leyenda, para sí habría dicho "E pur si muove", o sea, "y sin embargo se mueve", como queriendo decir que no importaba su abjuración, eso no iba a cambiar el hecho de que la Tierra era la que se movía, y no en Sol. Sin embargo, la idea de pronunciar esta frase parece ser una invención posterior; no cabe duda de que, aunque dicha entre dientes, hubiera sido una imprudencia grande por parte de Galileo, ya que hubiera anulado cualquier validez de su abjuración, y por tanto, si hubiera sido oída, lo habría conducido de cabeza al potro de tortura primero, y probablemente a la hoguera después.

Sea porque abjuró, sea por consideración ante la avanzada edad del acusado, sea por presiones políticas por parte del Duque de Toscana, o una combinación de las anteriores, el caso es que el Tribunal dictó una sentencia que podríamos considerar como más o menos benevolente, considerando las circunstancias. Galileo fue condenado a prisión, es cierto, aunque esto, en una muestra de cierta magnanimidad por parte del tribunal, fue cambiado después por arresto domiciliario, el cual al final terminaría transformándose en de por vida, puesto que en tal condición murió Galileo, en 1.642. También se condenó el Diálogo de los dos sistemas del mundo, y se prohibió la publicación de cualquier obra pasada o futura de Galileo. Además, se le condenó a rezar una determinada cuota de oraciones por el resto de su vida. La última parte de la condena, Galileo no la cumplió: su hija se había hecho monja y se ofreció ella a rezar todas las veces prescritas por la Inquisición, lo cual fue autorizado. En resumen, Galileo se la sacó más o menos barata, considerando que las cosas podían haberle ido muchísimo peor.


En cuanto a publicar libros... en este rubro, Galileo realmente no cumplió. En 1.638 sus amigos sacaron de contrabando un original suyo a Holanda, país protestante por supuesto, y lo publicaron. No era sobre Astronomía, eso sí, campo que Galileo había abandonado, sino sobre el amor de su juventud, la Física. El texto se llama Discurso y demostración matemática, en torno a dos nuevas ciencias, aunque suele ser más conocido como Dos nuevas ciencias, por razones obvias. Este tratado prácticamente codifica la Física Galileana, supera de largo a la Física Aristotélica entonces vigente, y sus observaciones sobre la inercia pusieron las bases para que, cuarenta y nueve años después, en los Principios matemáticos de Filosofía Natural, Isaac Newton postulara las famosas tres leyes del movimiento de Newton, revolucionando el mundo para siempre de paso. Sobre esta infracción a la condena de Galileo, no hubo investigación subsiguiente. La prohibición sobre las obras de Galileo fue levantada de manera gradual hasta desaparecer por completo en el transcurso del siglo XVIII. No es que eso hubiera hecho la gran diferencia, a esas alturas. Por cierto, se suele añadir que, de manera muy poética, Isaac Newton nació en 1.642, el mismo año de la muerte de Galileo Galilei, casi como si hubiera un paso simbólico de la antorcha. Sin embargo, en ese tiempo la católica Italia se regía por el Calendario Gregoriano decretado por el Papa en 1.582, mientras que la protestante Inglaterra siempre hostil a todo lo que oliera a Papismo, seguía gobernada por el Calendario Juliano; el nacimiento de Newton fue en Diciembre de 1.642 según el cómputo juliano, pero en Enero de 1.643 según el gregoriano, por lo que en nuestro actual calendario, Newton nació al año siguiente de la muerte de Galileo.

Hemos mencionado que en realidad Galileo Galilei no tenía pruebas irrefutables del Heliocentrismo, y el amable lector estará preguntándose cuándo se obtuvieron éstas. En su tiempo, Galileo desarrolló el telescopio a partir de los avances en Optica aplicados a la navegación, y respecto del Heliocentrismo, una vez más, la navegación fue la clave. La Era de los Descubrimientos y la creación de una red mundial de navegación había generado un enorme problema técnico: el cálculo de la posición de una nave en el océano. La latitud, o sea, qué tan al norte o al sur se está, es sencilla: basta con medir la distancia del Sol al mediodía respecto del horizonte. Pero la longitud, o sea, qué tan al este u oeste se está, es más complicada: se hacía y se hace todavía con relojes, comparando la hora actual con la del punto de salida de la nave, y calculando la distancia a partir de la diferencia entre ambas horas. Sin embargo, los relojes en esa época eran cualquier cosa, menos de precisión, y sobre la superficie terrestre, un error de cálculo de apenas un grado significa pifiar la posición propia más de cien kilómetros, o sea, lo que en Chile sería la distancia que va desde la costa hasta la Cordillera de los Andes. Desarrollar un método preciso para calcular la longitud se transformó así en el santo grial de astrónomos y navegantes por igual.

Con un cierto sentido de justicia poética, los dichosos planetas mediceos descubiertos por Galileo abrieron una posibilidad. Ya que estos satélites giran alrededor de Júpiter, es posible verlos emerger y eclipsarse, armados con un telescopio en alta mar, por supuesto. Si dichas órbitas son regulares, entonces es posible diseñar tablas matemáticas para calcularlas, y de esa manera, contar con un verdadero cronómetro de precisión en el cielo. Un astrónomo llamado Ole Rømer, en 1.676, se dio a la labor. Ya se lo imaginan, si fuera un video de YouTube: "Se puso a calcular las órbitas de los planetas mediceos, y no podrás creer lo que encontró". Rømer descubrió anomalías en las órbitas de los planetas mediceos, que lo llevaron a dos descubrimientos fenomenales: por un lado, la velocidad de la luz no es infinita, ya que la luz tarda en viajar desde Júpiter a la Tierra, y en segundo lugar, esas anomalías sólo podían explicarse si la luz, viajando a una velocidad alta pero finita, tardara más tiempo en llegar desde Júpiter a la Tierra en determinados puntos de su órbita que en otros... y que los márgenes de tiempo de esa tardanza fueran calculados de acuerdo a órbitas heliocéntricas y no geocéntricas. Era en efecto la prueba definitiva e irrefutable de que los planetas giran alrededor del Sol, y no el Sol alrededor de la Tierra. Pero para esas fechas, Galileo habría cumplido 112 años, y por supuesto, llevaba muerto casi tres décadas y media. Y estar muerto suele ser un inconveniente a la hora de beneficiarse de los descubrimientos astronómicos de un colega, por supuesto.


Ya mencionábamos por su parte, que a partir de la Ilustración empezó a propagarse la leyenda negra de la Inquisición y el juicio a Galileo Galilei, leyenda negra en la cual el científico fue el heroico campeón y mártir de la ciencia y la razón, versus el fanatismo oscurantista de la Inquisición. Esto le venía muy bien a los ilustrados, en su empresa de secularizar a la sociedad. Sólo que, como hemos observado, la realidad de fondo tiene muchos matices en este respecto. Con todo, esta visión del juicio galileano ha seguido permeando a la cultura popular hasta el siglo XX por lo menos. El connotado dramaturgo Bertolt Brecht, por ejemplo, usó el juicio de Galileo como símbolo de su crítica constante en contra del totalitarismo intelectual, encarnado por la Inquisición en su versión del asunto, en una obra teatral de 1.943. La que fue llevada al cine en una muy notable realización de 1.975, dirigida por Joseph Losey, cineasta conocido por sus películas exaltando la libertad del individuo versus la opresión social de las masas y el sistema; que en su día Losey fue puesto en la lista negra de cineastas por el Macartismo, de una manera similar a cómo el Galileo suyo y de Brecht fue silenciado por la Inquisición, algo debería decir.

Por su parte, a lo largo del siglo XX, sucesivos Papas fueron haciendo gestos de rehabilitación hacia Galileo Galilei. Por supuesto, el Heliocentrismo había sido probado de manera fehaciente durante la segunda mitad del siglo XVII, como ya mencionábamos, pero con esto, la Iglesia Católica no se vino abajo. Hoy en día prácticamente todo el mundo acepta que la Biblia no es un texto científico, y el Cristianismo no ha colapsado sobre sí mismo ni mucho menos por eso. Las religiones son mucho más adaptables de lo que se piensa, después de todo. Por supuesto, pueden leerse segundas intenciones en el cambio de actitud por parte de la Iglesia Católica. Como hemos mencionado, en el siglo XVIII se creó toda la leyenda negra del juicio contra Galileo Galilei, leyenda negra que prendió muy bien por supuesto en los países protestantes, siempre dispuestos a dejar en mal pie a los Papas. Natural que ya en el siglo XX, el Papa Pío XII haya defendido a Galileo como una especie de héroe y casi mártir de la verdad. O que la condena a Galileo Galilei fuera revocada formalmente por el Papa Juan Pablo II en 1.992. Desde luego, Galileo llevaba más de tres siglos muerto, por lo que esta rehabilitación no le significó un mayor beneficio, en realidad. No es como que por terminar el arresto domiciliario, el esqueleto de Galileo Galilei se va a levantar para dar un paseíto por el parque, casos de invasiones zombis exceptuados, por supuesto.

Pero el punto importante aquí, es que ninguno de los dos bandos en pugna tenía la razón al ciento por ciento. Galileo Galilei estaba en lo correcto al pretender que la investigación científica se desmarcara de los dogmas contenidos en escritos supuestamente revelados por alguna clase de mente creadora cósmica, y además, al último tenía razón en sostener que el Heliocentrismo explica cómo está estructurado el Sistema Solar; pero sin embargo, se equivocaba en presentar al Heliocentrismo como una teoría en esa época ciento por ciento probada, y además se pasó un par de revoluciones en forzar su propia suerte, atendidas las circunstancias. La Iglesia Católica, por su parte, estaba en lo cierto al afirmar que Galileo Galilei no tenía pruebas definitivas del Heliocentrismo, y además que había violado su promesa de no volver a defender de manera abierta sus tesis en público, aunque por supuesto estaba errada en pretender tener alguna clase de magisterio sobre cuestiones científicas, por no hablar de la arrogancia moral de pretender censurar la investigación científica. En definitiva, la historia del juicio contra Galileo Galilei es, en definitiva, no otro courtroom drama de Hollywood con un acusado inocente y prístino en su inocencia versus un malvado sistema, sino una historia de grises en la cual, si bien al final Galileo tenía la razón, ambos bandos tenían su punto de verdad, todo ello dentro de un mundo mucho más complejo y delicado de lo que se ve a primera vista.

domingo, 6 de agosto de 2017

Trilogía del Planeta de los Simios: Una monada de reboot.

El libro que nos cuente la trastienda de la producción de esta franquicia, seguramente se llamará Exploiters of the Planet of The Apes...
No cabe duda de que, en términos culturales, vivimos en la era de las franquicias. La misma no es más que la aplicación natural de los conceptos capitalistas a los artefactos culturales: abaratar costos y maximizar los beneficios a través de la producción estandarizada y en serie de libros, películas y series de televisión. Por supuesto, ya sabemos lo que pasa en estos casos: el producto es más barato, pero también se rompe más rápido. De ahí la mala fama que se ha agarrado esa clásica manera de revitalizar franquicias agotadas, que es el reboot, el grueso de los cuales, en efecto, se han roto rápido. Y así, muchos intentos por lanzar de nuevo franquicias antiguas han muerto al primer intento. Como sucedió con El planeta de los simios en 2.001. Por eso, cuando se anunció con bombos y platillos un segundo reboot de la franquicia, mucha gente miró la idea con escepticismo. Pero al final sucedió la magia. La actualmente Trilogía del Planeta de los Simios, por oposición a la pentalogía de las décadas de 1.960 y 1.970, se ha transformado en uno de los más bienamados ciclos de películas en la década de 2.010. No son películas sin fallas o errores, algunos de ellos bastante garrafales. Pero en general, sumando y restando, la Trilogía del Planeta de los Simios ha conseguido lo que todo reboot debería aspirar a ser: una adecuada reinterpretación en clave actual, de los elementos propios que son míticos dentro de una franquicia determinada.

Hagamos historia. Todo empezó con una novela publicada por un escritor francés llamado Pierre Boulle en 1.963, llamada El planeta de los simios. Reseñemos el argumento de ésta, porque las películas han tendido a apartarse su resto del mismo, y las comparaciones siempre son útiles. En la novela original, unos astronautas se encuentran con un manuscrito en el cual se relata la historia de otro astronauta anterior. El autor del manuscrito refiere cómo su expedición llegó a la estrella Betelgeuse, en torno al cual existe un planeta perfectamente habitable, lleno de chicas desnudas... y salvajes. Porque la especie dominante ahí, ya se lo imaginan, no son los humanos sino los simios, de ahí el título, por supuesto. La novela presenta tres giros finales que son bastante brutales, que voy a lanzar en seguidilla y en spoiler porque son indispensables para abordar nuestro tema, y además, son adivinables para quien haya visto cualquiera de las versiones fílmicas. Primero, el protagonista humano descubre que en el planeta alienígena existió una civilización humana ancestral ahora extinguida, y los simios son sus sucesores. Segundo, cuando regresa a la Tierra... sí, en la novela siempre fue otro planeta, resulta que en el intertanto, debido a la dilatación einsteniana del espacio y el tiempo, en la Tierra han pasado centenares de años, la Humanidad se ha extinguido, y la nueva civilización terrícola es gobernada por los simios, casi como una ley inexorable de la naturaleza en todo el universo. Y tercero... los astronautas que encontraron el manuscrito y lo leyeron, son chimpancés, que lo encuentran un increíble tratado de ficción porque, como todos saben, los humanos son bestias brutas y jamás sería posible que hubieran creado una civilización en primer lugar.

Prácticamente todos están de acuerdo en que la inspiración de Boulle para escribir su novela es... bastante poco amable, desde el punto de vista de la corrección política moderna. Boulle, escritor francés, durante la Segunda Guerra Mundial andaba en la treintena, y fue un espía y agente al servicio de la Francia Libre en el Extremo Oriente. Allí fue capturado por los japoneses, y acabó con sus huesos en un campo de prisioneros. Lo que le sirvió de inspiración para sus dos novelas más famosas. Una es El puente sobre el río Kwai... sí, la misma que fue adaptada para el cine con Alec Guinness, y de la cual, si no la han visto, al menos el silbido de la banda sonora se lo conocen de memoria; busquen en YouTube si no me creen. El puente sobre el río Kwai se trata sobre unos prisioneros de guerra ingleses a quienes los japoneses obligan a construir el mentado puente. En esa historia, los héroes son tratados como esclavos por los japoneses, y en El planeta de los simios, los héroes son tratados como esclavos por los monos, ustedes notan los parecidos, ¿verdad? Ustedes también recuerdan que durante la Segunda Guerra Mundial, los japoneses se ganaron el muy racista epíteto de "monos amarillos", ¿verdad?

Una de las razones por la que esta franquicia ha sobrevivido tan bien, es debido a su capacidad de adaptación. La novela original es una gigantesca metáfora, muy racista por cierto, del imperialismo japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Pero funciona además como una historia de horror. Uno de los recursos más clásicos de las historias de horror, es la inversión del mundo: nosotros en la seguridad de nuestros hogares estamos arriba, y leemos o vemos una historia en donde nosotros estamos abajo, y quienes están abajo, pasan a estar arriba. En nuestro mundo, nosotros los humanos mandamos, y los simios caminan desnudo dejando caer sus restos fecales por la jungla, o los tenemos bien encerrados en jaulas para usarlos como animales de laboratorio. En la novela es más o menos lo mismo, pero al revés, y ésa es realmente la fuente de terror de la misma, el ser sobrepasados y avasallados por entes a quienes despreciamos y de los cuales en realidad nos sentimos más que seguros en nuestro dominio. Tengamos en mente esto para lo que viene.


En 1.968, todos lo sabemos, se estrenó la película. La primera de ellas, por lo menos. Que dio origen a una lucrativa franquicia conformada por cinco entradas para el cine: El planeta de los simios de 1.968, Bajo el planeta de los simios de 1.970, Escape del planeta de los simios de 1.971, La conquista del planeta de los simios en 1.972, y La batalla del planeta de los simios de 1.973, así como a una serie animada, y una con actores de verdad. Por supuesto, la misma siguió operando bajo el mismo resorte narrativo: la inversión de nuestra posición en el universo. Otra vez asistimos al horror de caer al fondo del pozo social, mientras que los oprimidos simios se rebelan y toman el mando.

En el caso de la película original, la misma resonó porque aludió a los nuevos miedos de la década de 1.960. En el año del estreno de la película habían pasado más de dos décadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y por lo tanto, la misma era asunto de los padres, incluyendo todo ese asunto de los japoneses ordenando construir puentes sobre el río Kwai. Lo que en Estados Unidos asomaba en el horizonte era algo distinto: la lucha por los derechos civiles. Recordemos que durante décadas, los buenos estadounidenses se decían que eran el país de la libertad, que todos eran iguales ante la ley, etcétera, mientras que en la práctica, grupos como los negros, pero también las mujeres, los homosexuales, los inmigrantes, etcétera, eran estigmatizados y considerados como gentes de segunda. Todavía en la década de 1.950 existía segregación racial, colegios para blancos y negros, autobuses con asientos para blancos y negros, etcétera.

La película de 1.968 tocó justamente esta fibra sensible. Spoiler del final a partir de aquí, aunque si no saben cómo termina El planeta de los simios de 1.968, es que han vivido bajo una roca toda su vida. A diferencia de la novela, en que el protagonista viaja a otro planeta, en la película el famoso otro planeta ha sido desde siempre la Tierra, y el viaje espacial en realidad ha sido un viaje en el tiempo hacia el futuro, un futuro en donde los humanos han sido reducidos a la esclavitud, y los simios gobiernan. Esto sirvió como un soterrado y muy sarcástico apunte acerca de lo que podía llegar a suceder: que los grupos oprimidos se rebelaran, y en vez de crear una sociedad de iguales, acabaran por vengarse de los antiguos opresores instalando su propia opresión. Guerra nuclear mediante, por supuesto. Y considerando lo vociferantes que se han puesto en la actualidad algunos grupos defensores de lo políticamente correcto, no es un miedo demasiado infundado, que digamos.

Todo el mundo está de acuerdo en que las secuelas de El planeta de los simios de 1.968 resultaron cada una inferior a la anterior. Pero en las mismas vemos algo interesante. Las dos primeras entregas se ambientan en el futuro, pero las tres siguientes lo hacen ya en el presente; de este modo, las dos primeras películas describen el mundo futuro que es una pesadilla para los humanos, y el resto, cómo ese mundo de pesadilla llegó a surgir en primer lugar. Vemos aquí un giro: en las dos primeras películas los héroes formaban parte del antiguo grupo opresor, los humanos, ahora oprimidos. Pero a partir de Escape del planeta de los simios, son los monos quienes pasan a ser los verdaderos protagonistas, y por lo tanto, vemos que muy en el fondo, los humanos se merecían el destino que al final les tocaba. Las películas son mediocres por una serie de razones, pero el mensaje es interesante, ya que desdibuja la línea entre humanos oprimidos y simios opresores que parecía estar más firmemente trazada en los inicios de la franquicia.


Saltémonos el intento fracasado de reboot que fue El planeta de los simios de 2.001, irónicamente más fiel a la novela original en algunos aspectos, incluyendo el final, aunque muy poco alimenticia en otros. Para las nuevas generaciones, es claro que el cuerpo celeste con simios ya no es la franquicia de 1.968, que va para el medio siglo de haberse estrenado y es por tanto una antigualla, sino el reboot de 2.011, conformado por El origen del planeta de los simios de 2.011, El amanecer del planeta de los simios de 2.014, y La guerra del planeta de los simios de 2.017. Contra mi costumbre, voy a usar los títulos tal y como fueron exhibidas en España, porque los que usaron en Latinoamérica son una mugre (¿El planeta de los simios: (R) Evolución? ¿En serio?).

Para el reboot de 2.011, los productores dieron por sentado que todo el mundo conoce el gran final de El planeta de los simios de 1.968, y fueron directamente a mostrar el origen del cacao: cómo surgió el primer simio inteligente, en nuestra sociedad humana. A lo largo de las tres películas vemos como la civilización humana se va al demonio poco a poco, descendiendo desde habitar grandes ciudades hasta la vida tribal primero, y luego, de dicha vida tribal hasta el exterminio casi absoluto. En paralelo vemos como los simios parten como una nueva especie primero, para conformarse en hordas después, y en lo que más o menos se intuye, es el origen de una nueva civilización al último. Esencialmente, es volver a contar la historia que fue referida en las tres películas finales de la franquicia de 1.968, sólo que (spoiler de la pentalogía original) sin viaje en el tiempo de por medio.

Lo más interesante del reboot, es el cambio en el punto de vista. En la película original de 1.968, así como en su primera secuela, los héroes eran los humanos. Volvemos a lo que comentábamos: la fuente principal de horror en esta franquicia es cómo los simios encarnan la otredad, aquello que nos es ajeno, y de como esa otredad viene a por nosotros y destruye nuestra humanidad. En cambio, a través de la figura de su protagonista César, la trilogía reboot nos pide que adoptemos precisamente el punto de vista del otro, del simio que nos mira cara a cara. Algo evidente ya desde la primera entrega, pero que en La guerra del planeta de los simios termina por hacerse más que evidente, subrayado, con César presentado literalmente como un Moisés que rescata a su Pueblo Elegido de la opresión y los lleva hasta una Tierra Prometida que (spoiler del final de La guerra del planeta de los simios aquí) al igual que su inspiración bíblica, ve el país de la leche y la miel desde lejos, pero no llega a entrar porque la palma antes.

Esto revela por supuesto un cambio de sensibilidad. Las películas de 1.968 y alrededores tendían a hacerse para audiencias conservadoras. El mito de la década de 1.960 hippie y rebelde, debemos tomárnoslo con un grano de sal. En realidad, entonces un poco como ahora y siempre, las gentes han tendido más bien al conservadurismo, los rebeldes eran más bien minoritarios, y si parecían ser más importantes de lo que eran, es porque las minorías rebeldes tienden a ser más bulliciosas que las mayorías silenciosas. El planeta de los simios de 1.968 es una película conservadora: muy en el fondo se trata de un WASP (White Anglo Saxon Protestant) perdido en un mundo en donde la escoria humana, encarnada de manera metafórica en los simios, han usurpado sus posiciones de poder. Lo mismo que la novela original también lo era, con un astronauta que es metáfora del blanco occidental, encerrado en un mundo de simios que son metáforas de los japoneses.


En cambio, y esto es lo significativo... la trilogía reboot es rabiosamente contestataria. Porque los tiempos cambian. Y si la pentalogía de 1.968 puede ser vista como una metáfora del conflicto racial y de los derechos civiles, la trilogía de 2.011 en cambio puede ser leída como una gigantesca metáfora de un conflicto de clases entre los poseedores del gran capital, por un lado, emblematizados por los humanos, y los proletarios que deben cavar zanjas por el otro, que acá vienen a ser los simios. Conflicto que viene larvándose a partir de las reformas neoliberales promovidas por el Reaganismo, y agudizado sobremanera después del brutal cataclismo económico que se produjo entre 2.007 y 2.008. Y he aquí el punto principal: el héroe principal es un simio. Y a diferencia de otras franquicias en donde el héroe es un underdog, pero que al final gana el reconocimiento de sus superiores y más o menos se integran a la sociedad como rebeldes domesticados, digámoslo así, y pienso en películas como Guardianes de la Galaxia de 2.014 por ejemplo, aquí César y su banda defienden con fiereza su identidad, están dispuestos a negociar con los humanos pero no están tratando de cortejar su aceptación, y al final, resulta que toda posibilidad de reconciliación social se vuelve imposible por factores más allá de la voluntad de ambas facciones. El gran final es el que ya se puede adivinar: la Humanidad queda reducida a un mínimo, su civilización desde luego que se desploma para no volver a resurgir, y los simios quedan libres para construir un nuevo mundo a su imagen y semejanza. El sueño húmedo de Marx y Lenin. Me pregunto cuánto habrá aplaudido el vejete de Fidel Castro este reboot, antes de morirse. ¡Y todo esto, dentro del muy conservador panorama del cine actual de Estados Unidos, y bajo las fauces de todo el discurso neoliberal que tratan de meternos por las narices!

Así, en la primera película vemos como César desarrolla inteligencia como consecuencia colateral de un experimento de laboratorio. Primera bofetada a la cara del espectador: el objetivo del experimento es curar la demencia senil. O sea, un problema del Primer Mundo. Por supuesto, es un problema serio e importante, pero es un problema del Primer Mundo, o sea, de los millonarios del planeta; ni Haití ni Africa sufren demasiado el problema de la demencia senil porque la gente tiende a morirse por hambre o disentería, antes de tener la opción de llegar a viejos. A lo largo de la película, a casi nadie le importa demasiado el que César haya desarrollado inteligencia. De hecho, a César su inteligencia acaba por resultarle contraproducente, porque empieza a entender que no encaja en el mundo, busca su lugar... y ahí están los estúpidos y prepotentes humanos para recordarle que muy en el fondo, inteligente o no, es un simio y su lugar está con los simios, porque hay jerarquías que respetar, faltaba más. Existe un humano que se preocupa de César, por supuesto, que es el personaje interpretado por James Franco, pero éste y su linda chica en primer lugar son una minoría, en segundo término a ellos mismos les cuesta aceptar que César ha evolucionado hasta el punto que debiera ser tratado como un ser humano, y al final, como más o menos se nos deja caer en la secuela (¡spoiler!), ambos acaban muertos en la epidemia subsiguiente, de todas maneras.

Tanto la primera película como en la transición a la segunda, asistimos a uno de los peores terrores de la sociedad capitalista contemporánea. Hoy en día, existe una falsa seguridad de que la Civilización tecnocrática Occidental es demasiado grande para caer. Simplemente somos demasiado importantes, sabemos arreglárnoslas, tenemos democracia y libre mercado... Y claro, de pronto llega una epidemia, y quedamos indefensos como bebés. La civilización se va al demonio. No es un cuadro demasiado lejano. En 2.014, tres años después de estrenado el reboot, tuvimos una epidemia bestial de Ebola que se expandió por varios países de Africa. Al final, la adecuada respuesta internacional permitió contener la amenaza, y que la misma no acabara por arrasar a las naciones occidentales. Pero yo no me fiaría. Las cosas no suceden, hasta que suceden. Nunca había sucedido que una epidemia de Ebola se extendiera tanto y cobrara tantas víctimas... pero sucedió. Nunca ha sucedido que una epidemia de Ebola salte al Primer Mundo... pero también podría suceder. Y las epidemias no son la única amenaza allá afuera. También está el terrorismo nuclear, una potencial crisis económica que se salga de toda madre, o la siempre omnipresente sombra del calentamiento global. Parte de por qué es tan efectiva esta trilogía, es por resonar con esos miedos modernos: sí, los miembros de la Civilización Occidental lo estamos haciendo más o menos bien hasta ahora, pero no sabemos por cuánto tiempo, y sobre todo, ignoramos las verdaderas dimensiones de las bombas que nosotros mismos estamos instalando bajo las líneas de nuestra propia flotación.


En el arco narrativo que forman la segunda y tercera películas, asistimos literalmente a la destrucción de lo que queda de la Civilización Occidental, de una manera tan completa y absoluta como el Imperio Romano sucumbiendo ante los germanos. Insistimos en lo mismo: esta trilogía no toma el punto de vista humano, sino el de los simios. O sea, es como si tuviéramos una película sobre la caída del Imperio Romano en que los héroes no son los romanos, como es típico de Hollywood porque el Imperio Romano siempre ha funcionado en el cine como metáfora de Estados Unidos y los valores republicanos seculares, sino los germanos que arrasaron con todo eso. Lo aterrador es ver como los humanos poco a poco van cayendo en la barbarie. Hay monos bárbaros y sanguinarios como Koba, por supuesto, pero tienen excusa: lo son porque han aguantado demasiado maltrato por parte de los humanos. En cambio, los humanos no tienen remisión alguna. Han dominado al mundo, han maltratado a la naturaleza y a otras especies, desencadenado ellos mismos el virus que ha sido su verdugo... y ahora no saben qué hacer, tratando de seguir manteniendo la supremacía en un mundo que ya no les pertenece ni pueden dominar. Al final, la destrucción de la Humanidad viene a significar casi un castigo irónico a la hybris de los humanos, su arrogancia en creer que podían dominar a la naturaleza.

Esto se ve reforzado por la evolución paralela que vemos en simios y humanos. En la primera película, los simios presentan todavía características animales, mientras que en la segunda ya se agrupan en sociedades y muestran un comportamiento más humano, mientras que en la tercera vemos simios ya completamente humanizados, hasta el punto que Bad Ape usa ropas humanas por la misma razón que los humanos: para protegerse del frío en un clima que, muy en el fondo, no es el suyo. En paralelo vemos la brutal degradación de la Humanidad: en la primera película el grueso de los personajes son simpáticos vecinos de suburbio que viven sus vidas de la casa al trabajo y de vuelta, sin realmente grandes preocupaciones desde el punto de vista de la supervivencia pura y dura, mientras que en la segunda son pobres diablos haciendo lo imposible por sobrevivir en un mundo ya casi sin civilización, y en la tercera se han degradado tanto, que los pocos humanos con algún rastro de empatía o sentimientos familiares deben aislarse de quienes se han transformado en soldados bestiales y sedientos de sangre que ya ni piensan por sí mismos o tienen individualidad alguna, o sea, humanos degradados hasta una mentalidad instintiva y prácticamente animal. Un punto clave de esta trilogía, así, es mostrar cómo nosotros pensábamos que los simios eran animales, pero se van humanizando poco a poco, mientras que los humanos siempre serán humanos porque somos gentes decentes y racionales, pero a la mínima que nos remuevan todo el aparato civilizado alrededor, acabaremos igual que los animales, viviendo existencias tristes y salvajes en medio de una naturaleza que ha vuelto a reconquistar lo que alguna vez fue suyo.

Como decíamos, resulta extraordinario que el Hollywood muy conservador de estos días, se haya dejado caer con una trilogía de películas tan agresiva y contestataria, una gigantesca metáfora en donde los héroes son los proletarios oprimidos del sistema y no los defensores del mismo, en que la solución final no pasa por aceptar el sistema con sus falencias porque "es lo mejor que tenemos y por lo tanto lo defendemos" sino lisa y llanamente hacerlo saltar en pedazos, en donde el grupo dominante es retratado como un montón de inconscientes en el mejor de los casos y como brutos salvajes a la mínima que salta la pátina de civilización en el peor. Y resulta todavía más extraordinario que haya recaudado más de 1.400 millones de dólares a nivel mundial, y contando al momento de corregir este posteo, con una inversión de algo menos de 570. Ya conocen el dicho: cuando el río suena, piedras lleva. Las películas de la trilogía son buenas en general, de la mejor Ciencia Ficción que se ha rodado y estrenado en la década de 2.010, pero ya sabemos que muchas películas buenas se han estrellado en la taquilla, y sólo el tiempo ha permitido revalorizarlas en su justa medida. Que el público haya conectado bien con una trilogía de películas que muy en el fondo va de rebelión contra el sistema hasta la destrucción del mismo, es algo que como mínimo debería llamar la atención y resultar preocupante. Porque algo estamos haciendo mal como Civilización Occidental, si el muy pesimista e incluso nihilista mensaje final de esta trilogía de películas percute tan bien en el público.

Afiche japonés de la película original de 1.968. No muy a cuento, pero era imagen demasiado buena para dejarla pasar.

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