martes, 8 de agosto de 2017

El juicio contra Galileo Galilei: Leyenda y realidad (2 de 2).


En la primera parte de este posteo, veíamos cómo Galileo Galilei, uno de los más importantes científicos de todos los tiempos, no desarrollaba exactamente sus investigaciones en el vacío. Alrededor suyo había varios factores sociales, religiosos y políticos que estaban poniendo una teoría en principio inocente, el Heliocentrismo, en la mira de la Iglesia Católica. Los trabajos de Galileo parecían ir en principio contra las Sagradas Escrituras, lo que sumado a la férrea lucha emprendida por la Iglesia Tridentina contra el Protestantismo, iba a generar roces más tarde o más temprano. En términos conceptuales, para la Iglesia, una cosa era sacar cálculos matemáticos como si hiciéramos cuenta de que el Heliocentrismo fuera el modelo correcto, y otra muy distinta era defenderlo abiertamente como una realidad del universo. Por supuesto, se puede argumentar, y esto no pasaba desapercibido para los partidarios del Heliocentrismo, los cálculos matemáticos funcionan porque la realidad los hace funcionar, y los hace funcionar porque la realidad es así. La actitud de la Iglesia Católica tenía así mucho de histeria, de ponerse la venda delante de los ojos. La Iglesia se había tardado cerca de tres cuartos de siglo en reaccionar de manera oficial frente al Heliocentrismo, pero ahora lo iba a hacer de verdad, y con ello, iba a descargar todo el peso de su autoridad.

La cuestión del Heliocentrismo fue finalmente discutida en 1.616. Contra la mitología popular, a Galileo no le faltaron abogados dentro de la mismísima Iglesia inclusive: el Cardenal Maffeo Barberini se puso de parte de Galileo y lo defendió. Pero al final, por orden papal dirigida al Cardenal Bellarmino, a cargo de la investigación por parte de la Inquisición, y a quien mencionábamos antes, el asunto se zanjó contra Galileo: el libro de Copérnico fue incluido en el Indice de Libros Prohibidos, sus ideas fueron condenadas como heréticas, y se prohibió discutir el Heliocentrismo como una realidad física. Se permitía, eso sí, discutir el Heliocentrismo en términos matemáticos nada más. Era una solución de parche, por supuesto, y en retrospectiva, nos damos cuenta de que más tarde o más temprano, estaba condenada a no funcionar.

Hora de derribar otro mito adicional. Uno de los principales problemas de las observaciones de Galileo... es que no aportaban una prueba definitiva del Heliocentrismo. Circunstanciales las había, claro, pero no una prueba que pudiéramos contar como definitiva. Por prueba definitiva, queremos decir aquella que es tan contundente e inequívoca, que resulta imposible de controvertir. Las observaciones de Galileo eran más compatibles con el Heliocentrismo que con el Geocentrismo, pero no terminaban de descartar a éste del todo. Galileo pensaba tener una prueba definitiva del Heliocentrismo, al postular una teoría acerca de las mareas que sólo podía funcionar en un modelo heliocéntrico. Esto hubiera sido el argumento definitivo en la discusión... si el planteamiento galileano hubiera sido correcto. Hoy en día sabemos que las mareas son provocadas por la atracción gravitacional de la Luna, y el mecanismo postulado por Galileo es incorrecto. En ese sentido, por antipática que nos resulte la censura como institución, y sin justificar la misma por supuesto, lo cierto es que la Inquisición tenía su grano de razón al considerar el Heliocentrismo como algo todavía no probado.

Como resultado del juicio de 1.616, Galileo tuvo que comprometerse a guardar silencio sobre el Heliocentrismo. Y así lo hizo durante algunos años... hasta que en 1.623 el Cardenal Barberini, que lo había defendido en el juicio de 1.616, fue elegido Papa, y adoptó el nombre de Urbano VIII. Galileo solicitó y obtuvo permiso para escribir un tratado acerca del universo. Urbano VIII se lo concedió, pero en los términos del juicio de 1.616: el Heliocentrismo debía ser presentado sólo de manera hipotética, como modelo matemático, y con argumentos tanto a favor como en contra. Aparte de eso, el libro no tendría problemas en ser publicado. Por supuesto, esto de pedir permiso para una publicación científica hoy en día esto nos parece un absurdo, pero debemos recordar que en la mentalidad de ese tiempo y lugar, la Iglesia Católica era la suprema depositaria del conocimiento. No haber pedido y obtenido ese permiso hubiera sido equivalente a lo que hoy en día sería contratar como profesor de colegio a un patán que no hubiera completado la educación secundaria, con el agravante de que, se pensaba, lo que estaba en juego era la salvación de las almas aquí.


A fin de cumplir con la exigencia de que el Heliocentrismo fuera presentado como un debate, Galileo escribió el libro en cuestión como diálogo. Lo llamó, de hecho, Diálogo sobre los dos sistemas del mundo. En el mismo, dos personajes debaten acerca de cómo está estructurado el universo, si con la Tierra o con el Sol en el centro; en la época, por supuesto, no se creía que el universo fuera mucho más grande que el Sistema Solar. El libro salió publicado en 1.632, y de inmediato suscitó las iras del mismísimo Papa que, como amigo de Galileo, había autorizado su publicación. El problema es que Galileo Galilei estaba tan convencido de sus ideas, que al final acabó pintando muy bien al Heliocentrismo, y muy mal al Geocentrismo, lo que en el fondo violaba los términos del acuerdo. Para peor, se le ocurrió llamar Simplicio al defensor del Geocentrismo, y por supuesto, lenguas viperinas dentro de la Iglesia convencieron al Papa de que Simplicio, o sea el simplón, era una cruda caricatura del mismísimo Papa. Ni qué decir, vino un segundo juicio contra Galileo por parte de la Inquisición, y éste sí que fue el famoso y definitivo.

Veamos un poco en qué tesitura se encontraba la Iglesia Católica en la época. En 1.555, después de la llamada Paz de Ausburgo, la Europa Central había encontrado un equilibrio político entre príncipes católicos y protestantes. El Sacro Imperio Romano Germánico, ahora cada vez más basado en los dominios hereditarios de la Dinastía Habsburgo en Austria, era católico, pero numerosos vasallos suyos se habían hecho protestantes. Medio siglo después, los Habsburgo estaban interesados en fortalecer el poder imperial, y una manera segura de conseguir esto, era hostigando a los príncipes protestantes para reconducirlos al Catolicismo. Para dichos príncipes, ser protestantes no era sólo una cuestión de fe, sino también una manera de reafirmar una cierta independencia frente a las pretensiones centralistas de quien en teoría era su señor político, el Emperador. Pronto, las hostilidades degeneraron en guerra abierta, la nefasta Guerra de los Treinta Años entre el centralismo imperial católico y el independentismo protestante, guerra que azotó al continente europeo entre 1.618 y 1.648, y que por lo tanto estaba en pleno transcurso durante el juicio contra Galileo Galilei.

Y el asunto se complica más. La Guerra de los Treinta Años partió como un conflicto entre católicos y protestantes, pero pronto se transformó en algo más. Dinamarca primero, y Suecia después, intervinieron militarmente en Alemania, en teoría para defender a los protestantes pero en realidad para extender su esfera de influencia a costa de Austria. Detrás de estas invasiones estaba la mano mora de la cancillería francesa, que se las arreglaba para usar a peones extranjeros como medio para minar la posición política y militar de su rival austríaco. Signo maquiavélico de los tiempos, la política exterior de Francia estaba a cargo de Richelieu, cardenal, o sea un jerarca católico... que estaba aliado con potencias extranjeras protestantes para defenestrar a otro monarca católico, el Emperador, por motivos puramente políticos. Como puede verse, de religiosa la guerra tenía más bien poco, pero ya que la religión era usada como justificación última del asunto, había que salvar la cara con la misma.

En medio de este caótico cuadro, la Iglesia Católica estaba casi obligada a dar pruebas de blancura, de ser la más papista de los papistas. Richelieu podía darse el gusto de sembrar un poco de escándalo con su doble juego religioso, pero la Iglesia Católica no podía mostrar debilidad, so pena de fusilarse en el propio pie. Si quería conservar algo de respetabilidad, y por lo tanto, influencia política y social, debía mostrarse mucho más recta que tipos censurables como hipócritas y de doble faz, como Richelieu por ejemplo. Y esto significaba que debían aplicar una mano muy dura para contender con los herejes, y así reafirmar el mensaje de que la Iglesia, en realidad, era la guardiana de la verdad y la ortodoxia. Eran muy malos tiempos para pillarse los dedos bajo las puertas de la Inquisición... y Galileo con su tratado en efecto lo que hizo fue eso, pillarse los dedos. Todo lo anterior ayudó a que la mano viniera ahora con dureza mucho mayor que en 1.616, época en la que todavía no comenzaba la Guerra de los Treinta Años.


Galileo tuvo durante un tiempo la protección de Fernando II de Médicis, el Gran Duque de Toscana, que había sucedido a su padre Cosimo II cuando éste había fallecido de tuberculosis en 1.621, como adelantamos en la primera parte de este posteo. Pero las presiones de Roma fueron superiores. Se dice que después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Papa hizo un llamado a la paz, Stalin replicó burlesco: "¿Y cuántas divisiones tiene el Papa?". Pero éste era el siglo XVII, no el XX. Puede que en lo territorial el Papado no pesara mucho, pero en la partida diplomática de Europa seguía siendo un jugador temible. Fernando II de Médicis debió ceder, y eso significó que a Galileo no le quedó más remedio que ir a Roma para no empeorar su situación. Para peor, el juez de la Inquisición iba a ser Vincenzo Maculani, experto en Derecho Canónico tanto como en Geometría y Arquitectura, y hombre conocido por su dureza. Todo pintaba realmente negro para Galileo.

Hora de desmontar todavía otro mito respecto del juicio contra Galileo. Según la leyenda popular, Galileo fue salvajemente torturado por sus creencias. Pero esto es lisa y llanamente falso. El procedimiento de la Santa Inquisición no contemplaba la tortura en todos los casos, sino sólo en aquellos en donde la única posible prueba a obtener, fuera la confesión del reo. Previo a esto, el acusado debía ser puesto frente al tribunal, y tenía una oportunidad más o menos justa de hacer valer todas sus defensas y descargos. Más o menos justa, queremos decir, para los estándares de la época, por supuesto, en donde la presunción de inocencia no era un principio todavía aceptado a rajatabla. Sin embargo, esta justicia limitada seguía siendo mejor que un juicio político puro y duro. A Galileo se le amenazó, eso sí, con el uso de la tortura, pero ésta no llegó a hacerse efectiva; no había malicia en esto, por supuesto, ya que la amenaza de la tortura era parte del procedimiento estándar, como hoy en día lo sería pedir la prisión preventiva del imputado por un crimen o simple delito.

El caso es que frente al tribunal, Galileo tuvo un momento de muy comprensible debilidad. Galileo no era un jovencito, sino un septuagenario. Además de ir recto a los tres cuartos de siglo de edad, estaba afectado de achaques en el sistema muscular, producto de un enfriamiento mal cuidado al que se había expuesto más o menos veinte años antes. Además estaba el precedente de Giordano Bruno, que ya mencionábamos en su oportunidad, y que por no retractarse, había acabado en la hoguera. Sopesando la situación, Galileo acabó por abjurar. Quizás no haya sido un momento gallardo o glorioso, pero sí que tiene un componente humano muy fácil de entender. Según la leyenda, para sí habría dicho "E pur si muove", o sea, "y sin embargo se mueve", como queriendo decir que no importaba su abjuración, eso no iba a cambiar el hecho de que la Tierra era la que se movía, y no en Sol. Sin embargo, la idea de pronunciar esta frase parece ser una invención posterior; no cabe duda de que, aunque dicha entre dientes, hubiera sido una imprudencia grande por parte de Galileo, ya que hubiera anulado cualquier validez de su abjuración, y por tanto, si hubiera sido oída, lo habría conducido de cabeza al potro de tortura primero, y probablemente a la hoguera después.

Sea porque abjuró, sea por consideración ante la avanzada edad del acusado, sea por presiones políticas por parte del Duque de Toscana, o una combinación de las anteriores, el caso es que el Tribunal dictó una sentencia que podríamos considerar como más o menos benevolente, considerando las circunstancias. Galileo fue condenado a prisión, es cierto, aunque esto, en una muestra de cierta magnanimidad por parte del tribunal, fue cambiado después por arresto domiciliario, el cual al final terminaría transformándose en de por vida, puesto que en tal condición murió Galileo, en 1.642. También se condenó el Diálogo de los dos sistemas del mundo, y se prohibió la publicación de cualquier obra pasada o futura de Galileo. Además, se le condenó a rezar una determinada cuota de oraciones por el resto de su vida. La última parte de la condena, Galileo no la cumplió: su hija se había hecho monja y se ofreció ella a rezar todas las veces prescritas por la Inquisición, lo cual fue autorizado. En resumen, Galileo se la sacó más o menos barata, considerando que las cosas podían haberle ido muchísimo peor.


En cuanto a publicar libros... en este rubro, Galileo realmente no cumplió. En 1.638 sus amigos sacaron de contrabando un original suyo a Holanda, país protestante por supuesto, y lo publicaron. No era sobre Astronomía, eso sí, campo que Galileo había abandonado, sino sobre el amor de su juventud, la Física. El texto se llama Discurso y demostración matemática, en torno a dos nuevas ciencias, aunque suele ser más conocido como Dos nuevas ciencias, por razones obvias. Este tratado prácticamente codifica la Física Galileana, supera de largo a la Física Aristotélica entonces vigente, y sus observaciones sobre la inercia pusieron las bases para que, cuarenta y nueve años después, en los Principios matemáticos de Filosofía Natural, Isaac Newton postulara las famosas tres leyes del movimiento de Newton, revolucionando el mundo para siempre de paso. Sobre esta infracción a la condena de Galileo, no hubo investigación subsiguiente. La prohibición sobre las obras de Galileo fue levantada de manera gradual hasta desaparecer por completo en el transcurso del siglo XVIII. No es que eso hubiera hecho la gran diferencia, a esas alturas. Por cierto, se suele añadir que, de manera muy poética, Isaac Newton nació en 1.642, el mismo año de la muerte de Galileo Galilei, casi como si hubiera un paso simbólico de la antorcha. Sin embargo, en ese tiempo la católica Italia se regía por el Calendario Gregoriano decretado por el Papa en 1.582, mientras que la protestante Inglaterra siempre hostil a todo lo que oliera a Papismo, seguía gobernada por el Calendario Juliano; el nacimiento de Newton fue en Diciembre de 1.642 según el cómputo juliano, pero en Enero de 1.643 según el gregoriano, por lo que en nuestro actual calendario, Newton nació al año siguiente de la muerte de Galileo.

Hemos mencionado que en realidad Galileo Galilei no tenía pruebas irrefutables del Heliocentrismo, y el amable lector estará preguntándose cuándo se obtuvieron éstas. En su tiempo, Galileo desarrolló el telescopio a partir de los avances en Optica aplicados a la navegación, y respecto del Heliocentrismo, una vez más, la navegación fue la clave. La Era de los Descubrimientos y la creación de una red mundial de navegación había generado un enorme problema técnico: el cálculo de la posición de una nave en el océano. La latitud, o sea, qué tan al norte o al sur se está, es sencilla: basta con medir la distancia del Sol al mediodía respecto del horizonte. Pero la longitud, o sea, qué tan al este u oeste se está, es más complicada: se hacía y se hace todavía con relojes, comparando la hora actual con la del punto de salida de la nave, y calculando la distancia a partir de la diferencia entre ambas horas. Sin embargo, los relojes en esa época eran cualquier cosa, menos de precisión, y sobre la superficie terrestre, un error de cálculo de apenas un grado significa pifiar la posición propia más de cien kilómetros, o sea, lo que en Chile sería la distancia que va desde la costa hasta la Cordillera de los Andes. Desarrollar un método preciso para calcular la longitud se transformó así en el santo grial de astrónomos y navegantes por igual.

Con un cierto sentido de justicia poética, los dichosos planetas mediceos descubiertos por Galileo abrieron una posibilidad. Ya que estos satélites giran alrededor de Júpiter, es posible verlos emerger y eclipsarse, armados con un telescopio en alta mar, por supuesto. Si dichas órbitas son regulares, entonces es posible diseñar tablas matemáticas para calcularlas, y de esa manera, contar con un verdadero cronómetro de precisión en el cielo. Un astrónomo llamado Ole Rømer, en 1.676, se dio a la labor. Ya se lo imaginan, si fuera un video de YouTube: "Se puso a calcular las órbitas de los planetas mediceos, y no podrás creer lo que encontró". Rømer descubrió anomalías en las órbitas de los planetas mediceos, que lo llevaron a dos descubrimientos fenomenales: por un lado, la velocidad de la luz no es infinita, ya que la luz tarda en viajar desde Júpiter a la Tierra, y en segundo lugar, esas anomalías sólo podían explicarse si la luz, viajando a una velocidad alta pero finita, tardara más tiempo en llegar desde Júpiter a la Tierra en determinados puntos de su órbita que en otros... y que los márgenes de tiempo de esa tardanza fueran calculados de acuerdo a órbitas heliocéntricas y no geocéntricas. Era en efecto la prueba definitiva e irrefutable de que los planetas giran alrededor del Sol, y no el Sol alrededor de la Tierra. Pero para esas fechas, Galileo habría cumplido 112 años, y por supuesto, llevaba muerto casi tres décadas y media. Y estar muerto suele ser un inconveniente a la hora de beneficiarse de los descubrimientos astronómicos de un colega, por supuesto.


Ya mencionábamos por su parte, que a partir de la Ilustración empezó a propagarse la leyenda negra de la Inquisición y el juicio a Galileo Galilei, leyenda negra en la cual el científico fue el heroico campeón y mártir de la ciencia y la razón, versus el fanatismo oscurantista de la Inquisición. Esto le venía muy bien a los ilustrados, en su empresa de secularizar a la sociedad. Sólo que, como hemos observado, la realidad de fondo tiene muchos matices en este respecto. Con todo, esta visión del juicio galileano ha seguido permeando a la cultura popular hasta el siglo XX por lo menos. El connotado dramaturgo Bertolt Brecht, por ejemplo, usó el juicio de Galileo como símbolo de su crítica constante en contra del totalitarismo intelectual, encarnado por la Inquisición en su versión del asunto, en una obra teatral de 1.943. La que fue llevada al cine en una muy notable realización de 1.975, dirigida por Joseph Losey, cineasta conocido por sus películas exaltando la libertad del individuo versus la opresión social de las masas y el sistema; que en su día Losey fue puesto en la lista negra de cineastas por el Macartismo, de una manera similar a cómo el Galileo suyo y de Brecht fue silenciado por la Inquisición, algo debería decir.

Por su parte, a lo largo del siglo XX, sucesivos Papas fueron haciendo gestos de rehabilitación hacia Galileo Galilei. Por supuesto, el Heliocentrismo había sido probado de manera fehaciente durante la segunda mitad del siglo XVII, como ya mencionábamos, pero con esto, la Iglesia Católica no se vino abajo. Hoy en día prácticamente todo el mundo acepta que la Biblia no es un texto científico, y el Cristianismo no ha colapsado sobre sí mismo ni mucho menos por eso. Las religiones son mucho más adaptables de lo que se piensa, después de todo. Por supuesto, pueden leerse segundas intenciones en el cambio de actitud por parte de la Iglesia Católica. Como hemos mencionado, en el siglo XVIII se creó toda la leyenda negra del juicio contra Galileo Galilei, leyenda negra que prendió muy bien por supuesto en los países protestantes, siempre dispuestos a dejar en mal pie a los Papas. Natural que ya en el siglo XX, el Papa Pío XII haya defendido a Galileo como una especie de héroe y casi mártir de la verdad. O que la condena a Galileo Galilei fuera revocada formalmente por el Papa Juan Pablo II en 1.992. Desde luego, Galileo llevaba más de tres siglos muerto, por lo que esta rehabilitación no le significó un mayor beneficio, en realidad. No es como que por terminar el arresto domiciliario, el esqueleto de Galileo Galilei se va a levantar para dar un paseíto por el parque, casos de invasiones zombis exceptuados, por supuesto.

Pero el punto importante aquí, es que ninguno de los dos bandos en pugna tenía la razón al ciento por ciento. Galileo Galilei estaba en lo correcto al pretender que la investigación científica se desmarcara de los dogmas contenidos en escritos supuestamente revelados por alguna clase de mente creadora cósmica, y además, al último tenía razón en sostener que el Heliocentrismo explica cómo está estructurado el Sistema Solar; pero sin embargo, se equivocaba en presentar al Heliocentrismo como una teoría en esa época ciento por ciento probada, y además se pasó un par de revoluciones en forzar su propia suerte, atendidas las circunstancias. La Iglesia Católica, por su parte, estaba en lo cierto al afirmar que Galileo Galilei no tenía pruebas definitivas del Heliocentrismo, y además que había violado su promesa de no volver a defender de manera abierta sus tesis en público, aunque por supuesto estaba errada en pretender tener alguna clase de magisterio sobre cuestiones científicas, por no hablar de la arrogancia moral de pretender censurar la investigación científica. En definitiva, la historia del juicio contra Galileo Galilei es, en definitiva, no otro courtroom drama de Hollywood con un acusado inocente y prístino en su inocencia versus un malvado sistema, sino una historia de grises en la cual, si bien al final Galileo tenía la razón, ambos bandos tenían su punto de verdad, todo ello dentro de un mundo mucho más complejo y delicado de lo que se ve a primera vista.

1 comentario:

Víctor Herbonniere dijo...

Muy interesante ésta entrada, y sorprendentemente inspiradora para terminar de atar cabos en una historia de ficción que llevo años escribiendo. La votaré como mi nueva favorita en el ranking de los 10 mejores posteos de los siet... bueno, mejor en los diez primeros años de la Guillermocracia cuando llegue el momento.

Un saludo.

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